La acción más pequeña

¿A quién escribo estas palabras?

Tal vez a la oscuridad de las páginas a que las contendrán cuando este cuaderno regrese a su estante. O tal vez algún día alguien las rescate, y resulte que mientras las escribo hoy estoy hablando a través del tiempo.

Pero aun así, estoy seguro de que quien lea estas líneas entenderá dos cosas. La primera, que la persona que escribió esto tiene impecable ortografía. Yo lo sé. Agradezco el elogio.

La segunda, es el efecto que tiene una pequeña acción en el gran orden de las cosas.
Hoy estoy escribiendo algo que no ansío sea leído por una audiencia tan vasta como la de Borges o García Márquez. Y aun así logré hablar conversar con alguien días, meses o años después de que mi pluma haya dejado el papel.

Es el poder de las cosas “pequeñas”. Efecto mariposa, suelen decirle. 

Como aquella noche.

Lo recuerdo perfectamente.

Yo me encontraba paseando por entre las pobladas calles de mi ciudad natal. Una ciudad como pocas. Los arboles se mezclaban en una disonante pero bella armonía con los edificios, reconocidos en todo el mundo. Las personas, tan iguales a las de cualquier otro lado del planeta, sonreían la misma sonrisa; una que se encuentra solo en esa ciudad, y no se pierde nunca más. Una ciudad con tantos colores como las pieles de su gente. Un aroma inconfundible. El olor al rocío salido de una fuente cercana, combinado con un toque del esmog de los vehículos. Ciudad dueña de los corazones de todos quienes éramos en ella.

Pero, en ese entonces, yo no la veía así.

Hubo una vez alguien que fue dueña de mi corazón. Incontables fueron las noches que sus latidos fueron mi arrullo. Compartimos todo. Ella era la compañía de mi vida, la brújula en mis aventuras; yo era su estrella brillante, era su más grande confidente.

O lo fui.

El Príncipe lo dijo mejor de lo que yo jamás podré. “El corazón de darse llega un día que se parte”. Su llama se apagó. Dejamos de ser un “nosotros”. Ella se fue, llevándose lo que más amaba en el mundo. Irónico, quien era lo más valioso para mí fue la misma que me lo robó. La dejé partir, sabiendo que yo quería su felicidad más que la mía. Y fue así que perdí las dos.

Entonces esta ciudad se volvió mi prisión. Millones de almas pero ninguna para estar a su lado. Los días soleados me parecían grises. Las flores perdieron su aroma, las personas gritaban y las caras tenían un gesto eterno de enojo. Vibraba el bolsillo de mi pantalón y mi corazón daba un vuelco. Será ella, que vuelve para invitarme a volar a su lado. Para despertarme de este sueño. Pero al despertar la pantalla, sentía como mis esperanzas, que habían emprendido vuelo, se estrellaban contra el pavimento. Nunca era ella. 

Esos eran mis días. No hacía mas que perderme en mi ciudad, que había dejado de ser la que era. Buscaba perderme.

En el que fue mi último paseo sin rumbo por la ciudad, llegué a un edificio imponente. Mármoles blancos daban pie a imponentes estatuas de mujeres con una belleza celestial. Columnas que recordaban a templos griegos llamaban a los cielos, pidiendo que llegaran sus musas a inspirar a millones. Edificio que había visto decenas de veces en mi vida, y otras tantas más en mis acostumbrados paseos.

Pero esa noche sentía algo en este edificio. Algo que no puedo explicar. No puedo decir que una voz me llamaba, ni tampoco que había una presencia extraña que me sedujera a entrar. Pero me encontraba esa noche mucho más fascinado que de costumbre por este lugar.

Esa noche una orquesta cuyo nombre jamás podría recordar interpretaría piezas cuyo nombre jamás conocí. La música clásica para alguien que no sabe, como era mi caso, suena y se nombra toda igual. Concerto en mi sostenido opus 777 para violin, piano, et cétera, de Johann Sebastian Mastropiero, fácilmente podría haber sido su nombre.Realmente no había nada destacable sobre ese nombre.

Me dije a mí mismo “no tengo nada mejor qué hacer esta noche. Y bueno, todavía venden boletos. Órale”.

Entré al edificio, donde se respiraba un aire de contemplación, de religioso fervor al arte. Personas vestidas de manera elegante, y yo me encontraba con mi simple pantalón, camisa y chaqueta.

“Uno, por favor”, le sonreí levemente al vendedor. Pagué, recibí un papel, le entregué ese papel al encargado de los asientos y me senté en el que ahora era mi lugar. Todo pasó en un parpadeo.

Esperaba quedarme dormido. Esperaba no poder escuchar nada, por el volumen tan bajo de la música. Incluso, deseaba poder ver las cuerdas de algún violin romperse, o al director tirar su batuta. Algo de entretenimiento no le vendría mal a esto. Rogaba que los dos señores de avanzada edad que se sentaron a mis costados no perdieran la vida (o por lo menos, no la perdieran antes que yo, para evitarme la molestia de revivirlos).

Mis pensamientos cesaron cuando las luces se apagaron y el cuchicheo de la audiencia cesó enseguida. El público parecía ser cómplice con los miembros de la orquesta, preparando un silencio que romperían dentro de poco. 

Y así fue. Los aplausos comenzaron a retumbar, haciendo eco entre los elevados techos del salón. Por la izquierda del escenario entró quien yo pensé era el director; pero al ver el violin que llevaba al costado me di cuenta de que no era así. Segundos después de sentarse dio una nota, a la que todos los músicos respondieron con el mismo sonido. No pensé mucho en eso.

Entonces la audiencia comenzó a aplaudir de nuevo. Había llegado el director. De elegante frac, sonrisa confiada y una postura que parecía decir “agradezco el aplauso, que al final de la noche habré merecido”.

Una pequeña reverencia.

Me dio la espalda.

Levantó los brazos, y tras una pausa infinita...

... los bajó, y los músicos comenzaron a tocar. El concierto empezó.

Aquella primera nota. No podré olvidarla mientras viva. Toda la orquesta sonó junta en una sola voz, con una entrada de los vientos que sugería melancolía, mientras que los violines y las cuerdas daban a ver esperanza entre aquella oscuridad. Una línea sostenida que daban las flautas me hablaba una historia de inocencia, de libertad. Y entonces entró el coro. Jamás podré entender lo que decían esas voces, pero encendieron en mi corazón una mecha. Lograron hablarme en un idioma que no entendía, pero que sabía lo que significaba sin pedirlo. El bello poema de sonidos me tenía hipnotizado, absorto entre las ideas de alguien que había vivido décadas, siglos antes que yo. 
Aun si se repetían algunos pasajes de la orquesta, todo sonaba tan nuevo, tan único. Todos los instrumentos tenían una voz diferente que me hablaba por separado, pero que formaba un único mensaje. 

La primera pieza habrá durado menos de diez minutos. Pero para mí, ese sublime instante duró tanto, pero tanto que no lo podía creer. Me encontraba envuelto en un mundo nuevo. Cerraba los ojos para apreciarla mejor y veía tantos colores, tantas emociones tan vívidas que sentía en mi rostro una eterna sonrisa. El calor que generó esta música en mi pecho me conmovió, al punto de mover un poco las manos, tratando de ver algún sentido entre los complicados movimientos que, al abrir los ojos, vi que realizaba el director.

Y el final de aquella primera pieza. Todas las voces cantaban separadas, pero mágicamente se juntaron en un único instante, un precioso momento de sublime pureza. Mis dientes están rechinando al momento de llegar al final, y en esa última nota sentí mi piel erizarse por completo, mi pecho inflarse con emoción, mis vista se hacía borrosa, aun con los ojos cerrados nuevamente... mi alma respiró.

Fin del primer movimiento.

Experimenté esa sensación varías veces más durante esa noche. Cada una incomparable con la anterior. Esto es lo que me he perdido durante tantos años. Esto, reflexioné al levantarme de mi asiento y dirigirme a la salida, es lo que hace especial al hombre. Esta música... no, llamarle música se queda corto. Esta obra, está creación, este monumento al espíritu humano... es un alma hablando a la otra.

Todo esto y más fue lo que pensé mientras abandonaba aquella sala. 

Pero un pensamiento sobresalía de entre todos. 

“Yo quiero hacer esto”.

Emprendí el camino de vuelta a mi casa, sin nunca saber cual fue la obra que se interpretó, la orquesta que me acompañó, el director que los organizó o el compositor que me acompañó. Pero a ellos les estaré eternamente agradecido. 

Volví sabiendo lo que mi alma necesitaba. Para aliviar el sufrimiento, para compartir mis alegrías, para quedarme por siempre en el corazón de las personas, y para que ellas escuchen lo que tengo que decir... la música era lo que me hacía falta.

Hoy, a varios años de haber ido a ese concierto, vuelvo a ver la vida con colores. El calor ha vuelto a mi vida. Los sonidos de mi instrumento resuenan en el alma de las audiencias que se disponen a oírme. Hoy soy capaz de vivir en sus corazones.

Soy primer violín de la orquesta sinfónica de mi ciudad natal. Soy un hombre que conoció el dolor más grande. Y también soy alguien a quien la música le enseñó cuál era el verdadero camino.

Hoy, ella y yo somos uno.

Y entonces vuelvo a lo que dije al principio. De no haber entrado yo esa noche, mi vida seguiría igual. Nada habría cambiado, y mi vida (y tal vez la de muchos otros) jamás habría sido tocada por la música. Si no hubiera decidido aventurarme a lo desconocido, quién sabe dónde estaría ahora. Pero eso no importa. Ahora estoy donde jamás imaginé.

Increíble como una pequeña acción puede provocar un cambio tan grande, ¿no lo cree usted, estimado lector?

Comentarios

  1. La manera tan sutil que hacer para transportar nuestra imaginación y pensamiento a donde sucede tu historia es sublime, tienes el toque de los grandes escritores, cultívalo.

    ResponderEliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario