Ajeno
Un ángel me ve desde el techo de mi casa- le dijo el anciano con tranquilidad y confianza al doctor. No era la primera vez que hablaban ni la primera vez que mencionaba a aquel ángel. – Me sigue a todas partes, jamás me pierde de vista. Él era un hombre de casi 80 años, sin esposa o hijos. Siempre fue un ente solitario pero apasionado al arte; su única compañía y su mayor amor. Amaba al arte como una madre a sus hijos, se enamoraba de él al igual que los jóvenes soñadores y lo disfrutaba como uno de esos domingos soleados en los cuales uno piensa en la vida y sus secretos, en aquellos misterios sin respuesta humana pero que jamás dejan de estar en la mente del hombre. El anciano, con el peso de los años sobre su espalda y reflejado en sus ojos azules, no sabía técnica alguna para el óleo, tampoco sabía leer partituras, ni bailar, cantar o esculpir, sin embargo, al tomar un pincel o posar sus manos sobre el piano, creaba arte proveniente de su alma. Aquellos ojos ...