Edmond en Oblí
Hacía un calor terrible y Edmond decidió reclinarse en un árbol. Se sentó y al instante dejó de sentir el hostigamiento del sol. Su rojiza cara se empezó a enfriar con el pasar del viento. Miró arriba y se percató de una verde, enorme y gruesa hoja.
Le era refrescante por fin descansar pues había estado corriendo por un tiempo indefinible e incontable para un reloj común. La cabeza le empezó a pesar y su espíritu a quebrantar. Cayó rendido en la tierra de la selva.
“Seguro que ya está muerto.” Escuchó una voz varonil que le despertó pero decidió no moverse.
“ Sí, no muestra señales de vida.” Agregó una voz femenina.”Será mejor partir.”
Casi al instante seguido, Edmond sintió un metal frío y ardor en su brazo. No pudo evitar moverse súbitamente. Al abrir los ojos vio al hombre y a la muchacha, parados viéndolo fríamente.
“No eres de por aquí.” Le dijo la muchacha. “¿Cómo te llamas y de dónde eres?”
“Mi nombre es Fernando y vengo de Nápoles.” Mintió Edmond, parándose lentamente. Ambos interrogadores se miraron el uno al otro.
“¿Perdón? Fernando… Jamás he escuchado ese nombre. ¿Qué parte de los naipes eres?” Le dijo el hombre.
“¿Fernando?… Cora sabrá quién es.” Rió la muchacha. Edmond apenas escuchó eso, ya se encontraba nuevamente tirado en el suelo, siendo arrastrado.
“¡No! Cometen una seria equivocación… No soy Fernando, juro que no soy yo. Ni sé quién sea Cora.” Gritó desesperado Edmond.
“Puedes llamarme Al, Fernando, aunque alguna vez me llamaron loca. Fui a un psiquiatra. La doctora me diagnosticó alucinaciones severas pero no tienes qué temer de mí y por supuesto que no conoces a Cora, eres de Ánpoles.” Dijo la muchacha mientras lo arrastraba.
“Pánoles” Corrigió el hombre. “¿O era Pólenes?”
“¿No conocen Nápoles? ¿De qué planeta son?” Inquirió Edmond.
“Probablemente no del mismo que el tuyo. Pareces estar perdido. Dime, ¿cómo termina alguien tan elegante rendido bajo un árbol?
Edmond casi olvidaba sus finas vestiduras.
“Estaba en una boda.” Le dijo Edmond tristemente. “Mi boda.” Dijo frente a la reina Cora, una vez que llegaron al palacio.
La reina lo miró dubitativamente, lo examinó. “Una boda, eh. ¿En Népalo? Jamás he oído ese reino.”
“Nópales, querida.” Dijo pacientemente el que parecía ser el consejero de la reina.
“Mi nombre es Edmond, hijo de Louis Dantés del… reino…” Edmond dudó. “De marsella.”
“Mi cerebro está más fundido que confundido.” Dijo el consejero tras un silencio absoluto en el palacio. “¿Entonces viene usted de la más bella? Déjeme ver si entendí bien…”
“¡Yo seré quien haga las preguntas, Sota!” Desesperó la reina. “Edmond Fernando…” Empezó a decir la reina clara y lentamente. “Hijo de Ui del reino de Pénales y la más bella. No más mentiras. ¿Cuál es tu nombre verdadero, de dónde provienes y qué te trae al Oblí.”
Edmond, cansado de mentir y causar confusión, tomó un respiro hondo y soltó su lengua. “Bajo juramento, mi nombre es Edmond Dantés, hijo de Louis Dantés, de la tierra de Marsella. Estaba celebrando mi boda, a punto de casarme con la mujer más bella.”
“Entonces sí conoces a la más bella.” Dijo interesado el hombre que lo había arrastrado hasta el palacio junto con la muchacha.
Edmond lo miró, sin saber qué decir y continuó. “Estaba a punto de casarme con Mercedes Mondego, era demasiado feliz para estar alegre, pero me aprisionaron por un delito que desconozco, escapé, corrí a través del bosque, confundido, frustrado y triste, muy triste pero con esperanza. Fue así como súbitamente terminé en una especie de País de las Maravillas.” La muchacha y la reina Cora intercambiaron miradas, sorprendidas. “¿Por qué su obsesión con los naipes? No soy un naipe, mi nombre es Edmond Dantés, hijo de Louis Dantés, de la tierra de…”
“¿Por qué tu obsesión con los Ánpoles?” Dijo la muchacha. “¿Y cómo conoces al…?”
“País de las Maravillas.” Dijo Cora sorprendida. Descendió del trono. “Hace tiempo que Oblí no era llamado así. Este país no se ha convertido en nada más que en el país de los cuentos olvidados.” Dijo tristemente, mirando fijamente a los ojos de Edmond. “¡Alicia! Este hombre dice la verdad."
“¡Ha sido desterrado de su cuento!” Dijo la muchacha Alicia. “El hacedor y su tubo de sueños lo han olvidado.”
Escaleras y doctora
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