Angelo's



Mientras enciende la pantalla que me ilumina, me conecto el desayuno. Como cada día, me he levantado de la cama, puesto la bata y bajado a mi oficina. Piso la suave y cálida madera con los pies descalzos. Me llega el aroma a lavanda que le gusta poner a ella en la sala. La silla acolchada se adapta perfectamente a la curva de mi espalda.
Hoy es nuestro aniversario y saldremos a comer. En vez de trabajar mis doce horas, dedicaré ocho. Alargo la mano para tomar uno de mis lápices táctiles y justo al lado, junto al plumón violeta, su mensaje: «Feliz aniversario, amor. ¡No llegues tarde!».
Desde que me acuerdo, no podemos perder ni un segundo. El tiempo es exacto para todo, ni más ni menos. La impuntualidad no existe. Ellos dijeron que comer nos quitaba mucho rato, que no era bueno para la economía y la riqueza. Gracias a la ciencia evolucionamos a comer por suero, enterrando los viejos usos.
Al llegar a la plaza, la zona de acoplamiento estaba muy vacía para ser sábado por la tarde. Los tubos fluorescentes del espacio debajo del centro comercial iluminaban los contenedores de suero de cada pequeño puesto. Ofrecían de todo, desde las más ricas vitaminas y minerales, hasta los más fuertes que incluían alcohol y bebidas energizantes. Eso era lo normal. Sin embargo, aquella tarde se había inaugurado un nuevo puesto que dispensaba algo muy fuera de lo común para la gente de aquel tiempo, de nuestro tiempo.

Llegamos a la plaza a las cinco. Aun después de haber trabajado algo más de ocho horas, con la máxima eficiencia, para los estándares sociales fue muy poco. Siempre se necesitaba trabajar, siempre había sido así. Masticaba un rudimentario chicle que me recetó el dentista, con un sabor dulce pero nada más entraba en mi boca. La gente siempre masticaba mientras trabajaba, los doctores decían que ayudaba a que los masticadores no se atrofiara por la evidente falta de ejercicio.
Paseamos dieciséis minutos mientras nos reíamos y hacíamos ejercicios de memoria. A Clara la conocí hace varios años, desde la escuela para ser exactos. Y aunque suene cursi, nuestra relación romántica no inició hasta hace tres años. Ella era considerada la socialmente alejada en el colegio. No porque tuviera un problema para hablar o porque odiara a la gente, sino más bien por las «raras» costumbres que tenían en su casa. A pesar de ser muy platicadora y sobre todo inteligente, la gente no entendía de las trivialidades de las que siempre hablaba. Desde niños, lo más normal del mundo era que solo hablaran y socializaran entre ellos en las horas de juego específicas. No cuando tuvieran su tubo de suero sujeto al antebrazo que los nutría mientras trabajaban. Además, su mamá le solía poner comida para que la llevara a la escuela, era la única.
–¡Es una perdida de tiempo!– solía exclamar en su cabeza.
Ese pensamiento anduvo atormentándola durante varios años, hasta que por ahí en secundaria, recibió su implante en la vena más grande del antebrazo. Éste permitía colocar el suero de manera rápida, permitía ser normal. Me juntaba mucho con ella en aquel tiempo y esta decisión que en ese momento tomó su padre a expensas de los ideales de su mamá le dolió por mucho tiempo.
Recuerdo la primera vez que me invitó a su casa. Fue antes de todo el problema con el suero. Mis padres nunca tuvieron un problema con su familia, pero siempre me empacaban mi propio tubo de merienda. Al llegar, la casa tenía un olor que me parecía extraño, junto a un ambiente extraño para mí, pero muy familiar.
Todos nos sentamos en una mesa rectangular en frente de unos curiosos artefactos redondeados y blanquecinos. Mientras que la madre de Clara salía de un cuarto que parecía ser el origen de aquel olor tan peculiar todos conversábamos distendidamente en una conversación con muchas risas. Entonces llegó su mamá cargando un recipiente color café, rústicamente decorado, parecía pesado. Era una cacerola de barro, algo que me explico Clara después.
La colocó en el centro de la mesa. Todos permanecían expectantes y al retirar la tapa de cristal, salió una cálida nube de vapor blanco, acompañado de aquel olor de manera más intensa. Mi boca se hizo agua, salivaba mucho. Miré y lo vi, algo que Clara me explicó después: una pasta alfredo.
Estas palabras no tenían ningún sentido para mi en ese tiempo. Recuerdo una extrañez sobre aquel ritual. Todos agarraron una porción de aquel conjunto de ingredientes y lo colocaron en un disco blanco, llamado plato. Dividían  todo con los artefactos metálicos, para después masticarlos y tragarlos. Todos platicaban y sonreían, en especial Clara, la cual me comento que era su platillo favorito, lo que sea que eso significaba. Por encima de todo, yo sentía una tranquilidad que había olvidado, el tiempo ya no me atormentaba, ni siquiera pensaba en él. 

Clara se recuperó de haber dejado atrás sus costumbres, adoptando una aparente actitud tranquila y jovial. Aunque, desde que salimos juntos, he notado que usa constantemente el chicle para la mandíbula portando una mirada distante y nostálgica.
Casi a las cinco y media, empezó a llenarse la plaza, mientras más y más voces se escuchaban alrededor de la zona de acoplamiento. La expectación era máxima. Al acercarnos, Clara dejó todo lo que estaba haciendo, se detuvo, cerró los ojos y se enfocó en algo muy peculiar: el olor.
El nuevo puesto en el área se llamaba: Angelo´s.
Clara abrió los ojos y quedó bocabierta. Cada uno ordenamos un plato para llevar. Era algo que no había visto hacía mucho tiempo, a lo mejor dos décadas. Caminamos hacia una mesa de dos personas en un lugar recogido. Al lado, en una jardinera: lavanda. Mientras la gente nos miraba de manera extrañada, los ignoramos y nos enfocamos en comer la pasta alfredo, mientras platicábamos pasando las horas un bocado a la vez.

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