Ajeno
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Un ángel me ve desde el techo de mi casa- le dijo el
anciano con tranquilidad y confianza al doctor. No era la primera vez que
hablaban ni la primera vez que mencionaba a aquel ángel. – Me sigue a todas
partes, jamás me pierde de vista.
Él era un hombre de casi 80 años, sin esposa o hijos.
Siempre fue un ente solitario pero apasionado al arte; su única compañía y su
mayor amor. Amaba al arte como una madre a sus hijos, se enamoraba de él al
igual que los jóvenes soñadores y lo disfrutaba como uno de esos domingos soleados
en los cuales uno piensa en la vida y sus secretos, en aquellos misterios sin
respuesta humana pero que jamás dejan de estar en la mente del hombre.
El anciano, con el peso de los años sobre su espalda y
reflejado en sus ojos azules, no sabía técnica alguna para el óleo, tampoco
sabía leer partituras, ni bailar, cantar o esculpir, sin embargo, al tomar un
pincel o posar sus manos sobre el piano, creaba arte proveniente de su alma.
Aquellos ojos desgastados recobraban la pasión, su encorvada espalda se erguía
y sus dientes amarillentos quedaban al descubierto cuando sonreía al observar
la belleza de sus creaciones.
-Desde que era niño me sigue, me he mudado veinte
veces y él siempre está ahí- continuó.
- ¿Cómo es él? - preguntó el doctor con voz áspera.
El viejo hombre recordó la imagen de aquella
criatura sobre el techo de su casa; no tenía alas, tampoco resplandecía su
aureola. Era bello, alto, esbelto pero fuerte, su cabello largo era negro como
la noche y parecía que absorbía la luz a su alrededor. Aquel ángel, como él
solía llamarlo, no tenía rostro alguno, mas había cierta belleza en ello…
- ¿Usted cree en
los demonios? - preguntó el viejo, distraído, con la mirada perdida en una
esquina de la habitación. - Uno persigue a mi ángel, tal vez a mí.
- ¿Cómo es aquel demonio? ¿Le aterra?
-No es un hombre, tampoco una mujer- murmuró sin
alejar la vista del rincón. - Su rostro es hermoso; andrógino, su cabello es
dorado y su mirada clara… Lo odio.
- ¿Por qué? - preguntó confundido el doctor.
-Nada bueno sucede cuando él está cerca- su rostro se
ensombreció y su mano derecha comenzó a temblar. Con la izquierda trató de
calmarla y a su vez gruño como una bestia enjaulada. - Cuando se acerca a mi
ángel no puedo pintar. ¡Son monstruosidades! Intento tomar el pincel, pero
controla mis manos y hace cosas atroces. Mi ángel lo intenta alejar, pero me
quedo sin fuerzas, sin arte…
Aquellos ojos azules atemorizados no se despegaban de
aquella esquina.
-Mi ángel está ahí desde que era niño. Cuando mis
padres murieron él me acogió, no me dejaba solo. Él me enseñó la belleza… Desde
entonces no se ha ido, me observa todas las mañanas cuando salgo por el
periódico, cuando voy a comprar la cena… pero…
- ¿Pero?
-Pero llegó el demonio. ¡Ellos dos han arruinado mi
vida! Aquel demonio envenena mi alma, mi ángel intenta curarme, pero está muy
débil. ¡Va a matarme! ¡No va a tener piedad de mí! Es un asesino silencioso que
entra a mi casa y me vuelve loco.
Estaba ansioso, su respiración acelerada y sus ojos, los cuales hace apenas unos minutos brillaban en juventud interna, se
habían tornado oscuros y miraban con terror a aquella esquina. No había dicho
nada acerca de la figura que estaba ahí, en silencio… observando.
El doctor, curioso, dirigió la mirada hacia la esquina
que tanto alteraba al hombre, se puso de pie con elegancia y caminó hacia la
ventana, manteniéndose en silencio. Se tornó hacia el viejo y esbozó una leve
sonrisa, apenas perceptible.
- ¿Por qué le temes? Si todos somos uno.
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