Encrucijadas
No recuerdo ni el tiempo, ni el motivo, ni el lugar, pero pongamos que estamos en Francia. Tenía apenas 17 y como dicen los mayores: «toda la vida por delante». Ya pronto iba a terminar el bachillerato y su padrastro le había encargado la contabilidad del negocio, se le daban bien los números. Caminaba decidido y rápidamente por las callejuelas de París mientras esquivaba a las personas como obstáculos. Era temprano y la ciudad bostezaba. De pronto le llegó un suave aroma a pan recién hecho. El panadero debía estar trabajando desde las cuatro de la mañana –pensó. Acto seguido sintió cómo se le hacía agua la boca, todavía no había desayunado.
Ella, con tan solo 16, ya tenía publicadas dos novelas y era una pintora reconocida. Algunos decían que su talento era natural, un don, que ella había nacido así. Nadie sabía valorar la sangre, sudor y lágrimas, aunque sobre todo tiempo y dedicación, que le había costado llegar ahí. Vestía a la última, le encantaban los pantalones y los peinados, aunque sus favoritos eran los zapatos. De éstos tenía todo un armario lleno y aun así le parecían pocos. Con tacón y sin, de suela ancha o fina, abiertos o cerrados y de materiales como charol, piel, esparto o incluso de tela, y estas combinaciones con todos los colores.
Luís se detuvo y le dio una pequeña moneda a una señora sentada en la puerta de una iglesia. Con una sonrisa le preguntó su nombre –Filiberta– y le deseó un buen día. Ya estaba por llegar de su paseo matutino. Saludó a Juanita, la vecina, y a su esposo Antonio. Su recorrido había sido especialmente largo y seguramente le estarían esperando para desayunar. Llevaba un año en esa rutina de salir sin rumbo a caminar, quizá era un reflejo de la situación de su alma. Escondido en la rutina, y sin permitirse un segundo de tiempo libre, huía del futuro.
Alba sabía muy bien qué quería para sí y cada pequeño paso y decisión que había tomado había sido meticulosamente encaminada a tal objetivo. Este año debía terminar su próxima novela y ya estaban en septiembre. Nerviosa y movida no tenía un momento de tiempo libre, le ponía de malas la impuntualidad y no soportaba perder el tiempo en tonterías. El único momento en que podía olvidarse del mundo y solo ser ella misma, era al estar con Luís. Era una mujer con carácter, preocupada en sobremanera y extremadamente perfeccionista. Bella y joven e independiente. Luís se enamoró de ella en un abrir y cerrar de ojos.
Llevaban ocho meses juntos y todo había sido jauja hasta que ella desestabilizó su existencia. Le bastó con una pregunta. Él nunca hubiera imaginado que con siete sencillas palabras pudiera llegar, como estocada de florete de esgrima, tan profundo en su corazón hasta abismos que ni él conocía. Llevaba meses corriendo y ni se había dado cuenta de su cansancio y dolor muscular. Había vivido en un ruido que ahoga el silencio, que mata la reflexión, que atraviesa, como golpe de gracia, el título de propiedad del futuro. De tanto mirar atrás, se le olvidó soñar. «¿Qué plan quieres hacer en tu vida?» –dijo ella. Y de pronto se encontró en un pedazo de tierra del tamaño de la superficie de sus zapatos, completamente solo, y a los lados, nueve sendas de las que el final no se alcanzaba a adivinar.
Llevaban ocho meses juntos y todo había sido jauja hasta que ella desestabilizó su existencia. Le bastó con una pregunta. Él nunca hubiera imaginado que con siete sencillas palabras pudiera llegar, como estocada de florete de esgrima, tan profundo en su corazón hasta abismos que ni él conocía. Llevaba meses corriendo y ni se había dado cuenta de su cansancio y dolor muscular. Había vivido en un ruido que ahoga el silencio, que mata la reflexión, que atraviesa, como golpe de gracia, el título de propiedad del futuro. De tanto mirar atrás, se le olvidó soñar. «¿Qué plan quieres hacer en tu vida?» –dijo ella. Y de pronto se encontró en un pedazo de tierra del tamaño de la superficie de sus zapatos, completamente solo, y a los lados, nueve sendas de las que el final no se alcanzaba a adivinar.
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