Para llegar a tiempo
Ya eran las 17:30 horas, aún me
faltaba revisar muchos informes del mes pasado y sentía que debía apresurarme
para salir puntual para no llegar tarde a mi cita a las 18:30, pero tampoco
quería hacer las cosas tan rápido, eso me hacía muy propenso al error y las consecuencias
de equivocarme serían graves. Así que seguía a un paso calmado y enfocado, para
aprovechar cada minuto y ya después salir tranquilo.
Hoy voy a salir con Sara, mi
mejor amiga. Suena raro, ¿no? La conozco desde hace más de 20 años y hace un
par de meses, sin motivo aparente, empecé a sentir algo por ella; saqué coraje
de quién sabe dónde y le pedí una cita, la que aceptó como si hubiera esperado
que se lo pidiera desde que nos encontramos.
Es raro pensar que empezaré algo
con ella, algo que puede arruinar nuestra amistad o quizá revelarnos que
nuestro camino siempre fue el de estar juntos. ¡Sí! Sin duda es raro siquiera
pensar en eso. Hablo de aquella chica que consolé en la primaria cuando se cayó
del columpio, la que me recomendó cremas para el rostro cuando era un
adolescente con acné y la misma que lloró en mi hombro por horas cuando el tipo
que le gustaba solo le mintió para tener sexo; con ella iba a salir.
Ya sólo quedaban un par de facturas
que verificar en el portal de la empresa, podía saborear mi libertad del fin de
semana, tanto que me desconcentré por un instante y casi escribo un cero de más
en una compra de suministros de oficina, pero lo arreglé al momento; hubiera
sido catastrófico reportar 900,000 pesos extra entre los gastos.
Terminé a las 18:07 y salí de la
oficina a las 18:12. Iba un poco tarde, pero nada tan malo como para quedar mal
y hacer de esta cita la última que tengamos, además, Sara tendía a llegar entre
15 y 20 minutos tarde a cualquier compromiso conmigo y yo me hacía tan sólo 20
minutos si tomaba taxi en lugar del transporte público.
Caminé a paso rápido por la
banqueta unas cuadras hasta llegar a una avenida principal para tomar el taxi,
pero ninguno me hacía caso. Cuando el semáforo se puso en rojo y lo autos se
detuvieron, agudicé mi vista y logré ver uno vacío a algunos metros de distancia,
así que eché a correr hasta él para poder abordarlo. Así lo hice me subí con la
respiración agitada, le dije la dirección a la que iba y me relajé en espera de
arrancar con el semáforo en verde.
Miré una vez más mi reloj, ya
eran las 18:28. Me sentía aún tranquilo pues ya iba en marcha y mi plan aún se
ajustaba al esperado retraso de Sara, sin embargo me llegó un mensaje suyo,
donde me decía que ya había llegado a mi encuentro. Le expliqué que había
tenido un pequeño retraso con el trabajo pero que ya iba con ella.
El tráfico era espantoso, llegué
18:50 y me bajé corriendo del taxi un par de cuadras antes de llegar al
restaurante donde vería a Sara. Tropecé múltiples veces mientras corría por la calle
hasta la dirección exacta. Conforme corría, mi teléfono vibraba sin parar, una
gran cantidad de mensajes reprochando mi retraso llegaban.
Por fin llegué, entré, la busqué
en las mesas y cuando quise marcarle para preguntar dónde se encontraba me
percaté que no estaba ahí. Leí todos los mensajes que me había dejado, toda la
furia por mi impuntualidad, pero más que nada, me sentía como un idiota por
haberme equivocado en lo más básico: habíamos acordado vernos afuera de mi
trabajo para no apresurarme tanto.
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