Un pequeño pendiente

Era uno de esos días que todo fluía rápidamente, el tiempo pasaba como arena entre los dedos, fugaz. Un momento no cerraba del todo cuando ya era tarde. Fue así que, sin darse cuenta, Emiliano, había perdido todo el día. 
Se había levantado temprano, o al menos lo que él consideraba como temprano, se había puesto a hacer sus deberes del aseo y a ayudar con pequeños favores a las personas que lo rodeaban, olvidándose de él mismo al final de la mañana, sin desayunar. Más tarde desayunó lo más rápido que pudo y se dispuso a hacer ese pequeño pendiente que había tenido desde días atrás. 
Sin embargo, llegado el momento, surgió un inoportuno. Ahora tenía que dejar su casa, no por mucho tiempo, pero sí lo suficiente para perder todo ese día, incluso para, una vez más, olvidarse de sí mismo y no comer. Aunque no todo fue lástima para Emiliano, debe admitir que pasó muy buenos ratos ese día, incluso salió ganando unos cuantos regalos. Obviamente que como en todo, hubo una balanza que mantuvo el equilibrio de ese día. Así como pasó muy buenos ratos, para desgracia de él, también pasó malos momentos, angustias, temores y cansancio. 
En fin, llegó a su casa y debía comer, no podía más. Pero como se narró al principio de este relato, este día era uno fuera de la común, en el que el tiempo pasaba como arena entre los dedos, fugaz. Apenas había terminado de comer, recordó el deber que tenía pendiente desde días atrás y se dispuso a hacerlo. Pero… no recordaba cuál era. Empezó a pensar, por más que lo hacía no podía recordar. Le costaba tanto pensar que no podía pensar. 
No tenía otra opción, por más tarde que fuera debía parar un momento, relajarse, tomar un respiro hondo y pensar. Sólo pensar, pensar sin angustia. ¡Ya! ¡Ya lo tenía! Recordaba lo que tenía que hacer, excepto que no era él el que lo tenía que hacer, sino era el protagonista de la novela el que tenía que hacerlo. Fue así que Emiliano se dispuso a continuar leyendo aunque fuera un poco del libro.

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