Arqueología de desvanes
Cada cierto tiempo subo al desván. No es muy regular, pero nunca lo he dejado por más de un mes. Al subir la escalera, la madera se dobla bajo mi peso. Estos peldaños han conocido muchas suelas a lo largo de los años. Dentro de mí bulle la expectación. Este lugar nunca decepciona, es una cápsula del tiempo de mi familia. Aquí es donde se encuentran recortes de la personalidad de cada uno. Entre estas cuatro paredes he conocido a mi abuela, a su hermana, e incluso he llegado a conformarme un collage algo realista —en mi opinión— de cómo fue mi tatarabuelo, Carlos.
La esquina del fondo a la izquierda es la que tengo más revisada. Como he cancelado mis eventos de la tarde, me dirijo a la derecha. Siempre hay mucho polvo. Enseguida me pongo a hacer lo que llamo: «arqueología de desvanes». Otra forma en que me gusta verme es como un historiador social, alguien que intenta indagar en la mentalidad de otras épocas. No se me da mal.
Un olor a madera seca y canela me distrae del pensamiento. Tengo delante de mí una vieja cajonera de caoba. Al abrir el segundo cajón, emite un chirrido algo estridente pero corto. Era de esperar. En el interior lo primero que observo es una bufanda larga, no es de lana, sino de cashmere. Otra más de las de la abuela, ¡le encantaba la ropa de invierno, sin duda! Un poco decepcionado, miro hacia otro lado. De pronto, capto por el rabillo del ojo un brillo. Devuelvo mi mirada al cajón preguntándome qué clase de objeto podría ser el origen de esta sorpresa, aquí arriba casi nada brilla. Era un reproductor de música, de esos de hace 50 años. iPod, si no me equivoco.
Lo conecto al único enchufe que hay aquí arriba. Espero. Despierta. Conecto los cables para escuchar música, es la segunda vez en mi vida que veo unos. No toco nada, no quiero alterar la escena. Simplemente toco el triángulo de reproducción.
La música me envuelve, un sonido de toda una orquesta, como si estuvieran afinando, inicia. Creo que es una balada romántica. Esta canción no tiene prisa, ni pretende engancharte, pero al no intentarlo, lo logra. Empieza cantando un hombre, acompañado de piano. La letra es preciosa. Me doy cuenta de que estoy con los ojos cerrados. Lo que siento se resume en una palabra: paz. Poco a poco gana fuerza, la batería le añade un tono épico, guitarras y otros instrumentos no solo llenan silencios, hacen que suene perfecto, armónico. Sé que esto es belleza.
Volvemos a la estrofa y el piano. Abro los ojos. El aparato es algo pesado, rectangular y tiene ralladuras alrededor de donde se insertan los cables, muchas cargas y uso trae encima. Los bordes redondeados hacen elegante el gris. Mientras pienso en el aparato vuelve a sonar el coro. La frase que debe dar nombre a la canción me describe perfectamente, la anoto en la libreta que llevo el el bolsillo. Quizá es lo que mejor describe qué vengo a hacer al desván, me gustan los detalles, las cosas que aparentemente ya no importan o están cayendo por el tobogán del olvido sin nadie que se detenga a verlas. Termina la canción, leo: «I don´t wanna miss a thing.» Termino por aprender algo nuevo, esta vez de mí.
La esquina del fondo a la izquierda es la que tengo más revisada. Como he cancelado mis eventos de la tarde, me dirijo a la derecha. Siempre hay mucho polvo. Enseguida me pongo a hacer lo que llamo: «arqueología de desvanes». Otra forma en que me gusta verme es como un historiador social, alguien que intenta indagar en la mentalidad de otras épocas. No se me da mal.
Un olor a madera seca y canela me distrae del pensamiento. Tengo delante de mí una vieja cajonera de caoba. Al abrir el segundo cajón, emite un chirrido algo estridente pero corto. Era de esperar. En el interior lo primero que observo es una bufanda larga, no es de lana, sino de cashmere. Otra más de las de la abuela, ¡le encantaba la ropa de invierno, sin duda! Un poco decepcionado, miro hacia otro lado. De pronto, capto por el rabillo del ojo un brillo. Devuelvo mi mirada al cajón preguntándome qué clase de objeto podría ser el origen de esta sorpresa, aquí arriba casi nada brilla. Era un reproductor de música, de esos de hace 50 años. iPod, si no me equivoco.
Lo conecto al único enchufe que hay aquí arriba. Espero. Despierta. Conecto los cables para escuchar música, es la segunda vez en mi vida que veo unos. No toco nada, no quiero alterar la escena. Simplemente toco el triángulo de reproducción.
La música me envuelve, un sonido de toda una orquesta, como si estuvieran afinando, inicia. Creo que es una balada romántica. Esta canción no tiene prisa, ni pretende engancharte, pero al no intentarlo, lo logra. Empieza cantando un hombre, acompañado de piano. La letra es preciosa. Me doy cuenta de que estoy con los ojos cerrados. Lo que siento se resume en una palabra: paz. Poco a poco gana fuerza, la batería le añade un tono épico, guitarras y otros instrumentos no solo llenan silencios, hacen que suene perfecto, armónico. Sé que esto es belleza.
Volvemos a la estrofa y el piano. Abro los ojos. El aparato es algo pesado, rectangular y tiene ralladuras alrededor de donde se insertan los cables, muchas cargas y uso trae encima. Los bordes redondeados hacen elegante el gris. Mientras pienso en el aparato vuelve a sonar el coro. La frase que debe dar nombre a la canción me describe perfectamente, la anoto en la libreta que llevo el el bolsillo. Quizá es lo que mejor describe qué vengo a hacer al desván, me gustan los detalles, las cosas que aparentemente ya no importan o están cayendo por el tobogán del olvido sin nadie que se detenga a verlas. Termina la canción, leo: «I don´t wanna miss a thing.» Termino por aprender algo nuevo, esta vez de mí.
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