Mancharse de sangre

Corría bajo la lluvia, tan agitado que se escuchaba el golpeteo de los charcos a cada paso. Cansado, llegó finalmente a la casa donde lo habían citado. Tocó desesperado la puerta mientras se empapaba bajo la lluvia. Se escucharon pasos acercarse a la puerta. Apenas las cerraduras empezaron a girar y la puerta a rechinar, desesperado, empujó la puerta. 
“Imbéciles, acabemos con esto rápido.” Dijo mientras se quitaba el sombrero y se lo entregaba a quien le había abierto la puerta. Prendió un cigarro y se paró lo más derecho posible. “¿Dónde está?” Hablaba como si tuviera los dientes pegados pero abriendo mucho los labios.
“¿Por qué tanta prisa, detective?” Le cuestionó el hombre sentado en el sillón de la sala. “Entiendo que fue usted quien se ofreció a hacer el trabajo.”
“La única razón por la que me ofrecí es porque conozco a la gente como usted, cobardes que no pueden hacer el trabajo duro.” El detective empezó a caminar por la sala, siempre muy erguido. “Yo ya no tengo nada que perder, nada que sentir.”
“Bien, le daré las indicaciones.” Le dijo el hombre del sillón.
El detective fumaba y caminaba por la sala. “¿Puedo preguntar cuál es la razón por la que decidieron hacer esto?” 
“Usted a sus asuntos y nosotros a los nuestros. Nosotros no nos manchamos con sangre, es lo único que debe saber.”
“Cobardes.” Murmuró el detective mientras caminaba pero el hombre del sillón hizo caso omiso. “Imagino que esta vez sí me darán un medio de transporte.” Dijo el detective de mala gana.
“¿No le son suficientes sus piernas? Relájese, no lo citamos en este lugar en vano.” El hombre del sillón señaló la ventana. El detective volteó extrañado a la ventana y se acercó. Movió las cortinas y vio desconcertado una casa que le parecía familiar.
“Ya veo, ¿está usted seguro? Quiero decir, ¿hay alguien ahí?”
El hombre del sillón asintió.“Sabemos de su vida y de todo lo que lo rodea, detective. ¿Pero usted la conoce?” Finalmente se paró del sillón. “Aquí tiene lo acordado y creáme, vendrá más, no sólo dinero.” El detective tomó el fajo de billetes y el hombre que lo recibió le hizo señas para acercarse a la puerta. 
Al acercarse, el detective fue perdiendo la postura erguida con la que había llegado. El hombre le entregó una pistola y abrió la puerta. El detective se guardó el arma, tomó un profundo respiro y se dispuso a cruzar la calle, hacia la casa de frente. 
“Y recuerde, detective, pase lo que pase, usted tiene un trabajo y todo lo que alguna vez fue su pasado ya no importa.” Le dijo el hombre que le dio el fajo de billetes. 
El detective asintió y partió. El hombre de la puerta, la cerró y se acercó al otro hombre. “No lo vi muy convencido. Creo que fallará la prueba.” 
El otro hombre sonrió. “Debo admitir, esta vez concuerdo contigo. Si no logra hacer el trabajo duro, como él dice que puede, buscaremos a alguien más.”
“Y si…” Empezó a decir el otro hombre.
“Sí, tendremos que mancharnos de sangre, pero será diferente. Ahora vamos, debemos checar todo lo que pase en esa habitación.” Ambos tomaron sus abrigos y sombreros y se encaminaron. 
El detective entró a la casa, moviendo sus pies muy sigilosamente y manteniendo su arma en lo alto, cuestionando a cada paso, qué se encontraría arriba y cómo debería terminar el trabajo. Subió las escaleras de la casa y empezó a escuchar una canción que le traía muchos recuerdos. Cada vez más confundido, se quedó parado en el último escalón de las escaleras, escuchando la música. En el espejo del cuarto que le quedaba a la derecha, alcanzaba a ver un vestido danzar al ritmo de la música, un vestido muy familiar. Estupefacto, se acercó a la habitación. 
“Querida.” Dijo atónito al ver a su mujer.
“¡Sebas!” Gritó la muchacha y se abalanzó a darle un abrazo a su marido.
El detective rió aliviado y besó a su mujer. “¿Cómo es posible? ¡Estás viva! ¿Eres tú?” 
“Claro que soy yo y tan viva como tú. ¿Por qué estaría muerta? Creí que nunca regresarías.”
El detective reaccionó súbitamente. “Querida, tenemos que salir ahora mismo. Estás en peligro. ¡Te quieren muerta!” La jaló del brazo pero la fuerza en todo su cuerpo se le fue al instante en que sonó un estruendo. Ahora yacía tirado en el suelo, viendo a su esposa frente a frente, viendo a quien más amaba. “Qué bella forma de despedirse de este mundo.” Pensó el detective.  

Al día siguiente, se anunció como “desaparecido” al detective y su esposa muerta, como se había creído desde hacía años.

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