Diez
Diez. Corres bajo la lluvia, tan agitado que escucha el golpeteo de
los charcos con cada paso que das. Tienes que escapar. Uno, dos, tres, cuatro,
cinco, seis, siete, ocho, la tierra tiembla a tus pies: nueve. Habías visto la
señal en tus sueños, pero jamás creíste que fuera verdad. Te habían advertido tantas veces y decidiste
ignorarlo, ahora pagarás las consecuencias. Uno, dos, tres, cuatro, cinco; no hay
nadie que te ayude, eres el último; seis, siete ocho. Estás solo. Cuentas sin saber por qué. Pero no eres tú el
que cuenta, es él, anunciando su llegada. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis;
sabes que con cada número está más cerca de ti, no sabes cómo luce, pero
sientes su presencia; siete.
El aire cada vez se vuelve más denso, sientes cómo tus pulmones se
comprimen y necesitas parar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… Hubieras obedecido
sus órdenes, como lo hicieron los demás, así no estarías huyendo de él.
Seis. Llega el anochecer y la gran tormenta se aproxima. Su andar es
sigiloso y su pesado respirar se escucha próximo. Cae un rayo. Uno, dos, tres,
cuatro, cinco. El estruendo ensordece. Después, silencio. La tormenta crece, la
nube negra cubre el cielo. Las centellas iluminan el lugar. Uno, dos, a lo
lejos el humo aparece, tres, cuatro. La tierra se estremece. Cada vez está más
cerca. Buscas dónde esconderte, tal vez entre los árboles, entre la maleza… él
no perdona. Sin rostro y sin alma, en busca de vida el segador sale a realizar
su labor. Uno. Dos. Tres. Corres, está cerca, el olor a azufre lo comprueba. Un
sabor amargo, como a sangre, domina tu boca. No sabes qué hacer, huyes y temes.
Pronto llegará, de eso estás seguro. No hay un sólo ruido. La nube está más
cerca, es más grande, no falta mucho. Pero en esta espera, las ansias te
consumen, el miedo acelera tu corazón. Como un sepulcro: frío y callado es el
ambiente. Uno… dos. Está a punto de llegar. Ya no ves, todo se vuelve negro. La
tierra retiembla; caes, te golpeas, tratas de levantarte, pero sabes que está
aquí, no vale la pena seguir huyendo. Comienzas a pedir y sollozar, pero de
nada sirve, no te puede escuchar. Sigiloso su andar, la tormenta ha llegado. Tu
corazón palpita aún, tan fuerte como si lo llamase hacia ti. Un metal
chirriante se arrastra por el piso, está próximo. Recobras un poco la vista, lo
suficiente para observarlo. No tiene rostro, es inexpresivo. El segador está
frente a ti. Inmóvil permanece, ambos saben tu destino. No haces nada, te
resignas a aceptarlo. Su imponente figura, delante de tu mísero cuerpo tambaleante,
se acerca, pone el frío y oxidado metal al lado de tu cuello y con un
movimiento ágil; Uno.
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