El deber ser
Era 1909 cuando ellos se
conocieron; Mariana era apenas una jovencilla de 16 años, hija de hacendado del
norte, cuyo nombre recorría las bocas de las personas más importantes en la
política del país. Era la menor, pero la consentida de su padre, antes de ella
estaban dos varones, quienes habían partido al sur en búsqueda de nuevos
negocios. Mariana permaneció en casa, como buena mujer que era, debía
preocuparse por los deberes del hogar; mas esto no le impidió aprender a leer.
Era muy curiosa, desde pequeña observaba a su padre leer aquellos libros
franceses de gente que pensaba mucho. Solía
preguntarle de qué trataban aquellas palabras que sus ojos recorrían con tanta
devoción, él la sentaba en su regazo y trataba de explicarle a la pequeña niña.
Su madre no estaba de acuerdo, ella debía preocuparse por el hogar: una buena
esposa siempre está preparada para complacer a su marido, y pronto ella debería
conseguir uno.
Una noche de diciembre hubo una
posada en la hacienda, los mariachis cantaban a todo pulmón, el pulque abundaba
al igual que las risas. Todo el mundo estaba de fiesta, pronto romperían las
piñatas y beberían ponche. El baile comenzó y los jóvenes salieron a bailar,
fue ahí cuando Juan llegó. Llevaba rato observándola, sus enormes ojos marrones
lo habían cautivado, y su sonrisa carmesí fue el disparo final. Estaba dispuesto
a sacarla a bailar, no podía soportar un segundo más sin escuchar su voz, tenía
que saber a qué sonaba aquel rostro angelical.
Juan se acercó a donde ella
estaba y con gesto picaresco la invitó a bailar. Mariana, bastante nerviosa,
aceptó. Jamás había bailado con otro hombre que no fuesen sus hermanos o su
padre, esto era tan nuevo para ella. Pasó la noche e intercambiaron historias,
miedos, pasiones. Poco a poco comenzaba a germinar algo dentro de ella, un calorcillo
aumentaba en sus mejillas y en su corazón un cosquilleo aumentaba.
Pasó poco tiempo para que ambos
comenzaran a salir ocasionalmente, ya que él debía recorrer largas distancias
para verla, él vivía en Chihuahua, a tres horas de distancia Mariana. Después
de un año, decidió que no podía pasar más tiempo sin ella, pero las cosas no
fueron tan fáciles. La Revolución estalló y sus planes se desplomaron.
El corazón de Mariana se quebró,
no podía aceptar la idea de que Juan se uniera a los caudillos. “No me importa
quién sea Madero, ni Villa, ni me importa lo que quieran esos revoltosos” solía
decirle a su amado. “Marianita, tú bien sabes que México no está bien, Villa
nos promete el cambio” insistía él. “Tal vez así podamos tener una casita, ya
sabes, como a ti te gustan. Podríamos tener un perro y hasta una tina.” Mariana
se negaba a su partida, sabía que las guerras no eran buenas, lo había leído
muchas veces; la gente moría y las familias se separaban.
Juan le prometió regresar, cuando
todo terminara, ellos tendrían una casita en Durango, donde podrían criar a sus
hijos, tener dinero para alimentarlos y disfrutar la paz. Partió sin antes
plantarle un beso cálido en la frente, que hizo que el estómago de Mariana se encogiera
y que cristales salieran de sus ojos, dentro de ella sabía que era la última
vez.
Pasaron tres años y Mariana le
fue fiel. Su madre insistió que debían casarla pronto, ya que su padre podría
perder la hacienda y era necesario asegurar su bienestar. Ella siempre lo
rechazó, su corazón le pertenecía a Juan, y sólo él podría tenerla. O al menos
eso pensaba.
Un día el periódico llegó a su
casa y vio que Madero había sido asesinado, al igual que muchos otros revolucionarios
que se encontraban en la ciudadela. El mundo de Mariana se derrumbó, sus
piernas se quebraron, sus entrañas ardieron y su corazón se congeló. Ahora las
cosas habían cambiado.
No tardó su madre en conseguirle
prometido; un joven Sonorense heredero de la fortuna de su fallecido padre. Era
apuesto, todo un caballero, era culto y cariñoso. Mariana se resignó a ser lo que
debía ser.
La casita en Sonora era grande,
tenía espacio para que los tres pequeños corriesen de un lado a otro, jugando
con el perro que su padre les había regalado. Mariana solía leer todos los
días, su prometido la consentía trayéndole libros cada semana, sabía cuánto le
gustaban. Una tarde decidió salir al jardín y sentarse a leer bajo un árbol,
mientras escuchaba a sus hijos reír y a los pajarillos cantar. El calor la
abrazaba y el viento la arrullaba, no había una nube en el cielo. Era un
momento perfecto, como los hay pocos en esta vida, o al menos eso pensó, hasta
que vio a aquel hombre muerto regresar a la vida y esperarla de pie, con una
sonrisa picaresca pero triste frente a la cerca del jardín.
¡¡¡Oooh, te animaste!!!
ResponderEliminarTe sumo a la lectura de la próxima clase, con gran alegría.
Abrazo.