El vuelo de regreso


Erminia contemplaba, a través de la ventana del avión, aquella ciudad mística de la cual partía. Ella siempre había sido un alma viajera, sus años no le habían impedido seguir sus añoranzas de conocer el mundo. Si bien era una excelente maestra, su mayor pasión era salir de su casa y conocer aquellas cosas efímeras que la rodeaban. Tenía miedo a que pudiesen desaparecer por la guerra o por el deseo del hombre de poseer más, pero se mantenía optimista y esperaba poder conocer todo lo que quería antes de que dejara de existir.
La azafata se acercó a su asiento y le ofreció café; ella era una chica muy joven, de tez morena, sonriente y pequeña, perfecta para caber entre los estrechos pasillos del avión. Erminia mantenía la vista en aquel lugar que dejaba atrás, la azafata, con cordialidad, volvió a preguntar.
-Ah, sí, por favor- respondió apenada, pero con la mirada brillante. - Y le puedes poner dos cucharaditas de azúcar te lo agradecería.
La azafata asintió sin dejar de sonreír.
- ¿Disfrutó su estancia en la India?
- Oh, muchísimo. Llevaba años deseando venir.
La joven le entregó el café y siguió su camino. Ermina la observó por unos instantes y regresó a su ensimismamiento.
La chica se llamaba Naya. Apenas había comenzado a trabajar en la aerolínea, no llevaba más de seis meses; sin embargo, era una de las consentidas del capitán, por lo que la llevaba a los mejores lugares. Ella, así como Erminia, tenían un corazón aventurero. Cuando terminó su ronda de servicio regresó a su asiento, no sin antes pasar por donde aquella mirada vieja seguía perdida. 
- ¿Se encuentra bien? ¿Le ofrezco algo más?
- Un viaje más, no lo sé – suspiró cansada sin apartar sus ojos de la ventana.
Naya rio levemente, no para burlarse, sino porque eso era lo que ella deseaba de pequeña. Siempre les pedía a sus papás un viaje más ¡y quién lo diría, ahora vivía de viajar!
- Pero creo que éste fue el último – continuó Erminia. Observó a Naya y dio unas palmaditas en el asiento de al lado. – Siéntate conmigo, hoy no quiero viajar sola.
Naya dudó por unos instantes, no sabía si eso iba en contra de las políticas de la empresa, pero no podía negarle a aquella señora esa simple petición, y menos cuando su mirada había perdido el brillo. Miró a su alrededor, ya era de noche y casi todos los pasajeros se hallaban dormidos. ¿Qué podría pasar? Se sentó a su lado y la mano de Erminia se posó sobre la de ella.
- ¿Tienes familia en casa, pequeña?
Ella asintió.
- ¿Y no los extrañas?
- Pues los veo cada que regreso.
Erminia respiró profundo e intentó sonreír.
- Creo que ésta fue mi última vez.
Erminia seguía pensativa, por momentos su cara se iluminaba, pero luego la confusión regresaba.
- He viajado a tantas partes, México, Japón… ¿Has viajado a Japón en primavera? Los árboles son bellísimos. Ay niña, pero éste es mi momento de regresar a casa.
Permanecieron en silencio por unos minutos hasta que Naya habló.
- Perdone, ¿pero a usted alguien la espera en casa?
Aquellas mejillas arrugadas se levantaron y tomaron color. Erminia asintió alegre y presionó levemente los labios.
- Mi esposo. Es por eso por lo que mis días de viajar se terminaron, quiero regresar a casa con él. Ahí es donde está mi corazón.
El vuelo duró varias horas y cuando aterrizaron, Erminia se levantó de su asiento y se acercó a Naya.
-Puede que mis viajes hayan terminado, pero los tuyos apenas comienzan. Disfruta cada uno de ellos.
Le dio unas palmaditas en el hombro y salió. En el aeropuerto un hombre de cabellera blanca esperaba sonriente con un ramo de rosas y un cartel que decía su nombre: Erminia. Al verlo de pie, ansiando su regreso, ella supo que el viaje de su vida iba más allá de los lugares que conoció; el viaje de su vida estaba conformado por las personas que conoció y a las que amó.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Corriendo

Edmond en Oblí

Angelo's