Fantasmas
Corría bajo la lluvia, tan agitado que se escuchaba el golpeteo de los barcos a cada paso. Podía sentir el sudor en su espalda mezclarse con las gotas que le golpeaban la camisa.
Los podia escuchar detrás de él. Había perdido la cuenta de cuántos eran. Podrían ser dos, diez, cien o miles los pasos que escuchaba, corriendo ferozmente a su espalda. No estaba seguro de cuándo comenzaron a perseguirlo. Tal vez cuando apagó la luz de su oficina y cerró con llave ya lo estaban siguiendo. O tal vez fue cuando estaba solo en aquella parada de autobús. Pero ya sabía que lo perseguían al sentir su presencia, mucho antes de que se vieran las luces de cualquier camión. Comenzó a correrá antes de que lo atraparan.
Corrió por lo que parecían horas. Corrió, corrió, corrió y casi se cayó un par de veces. Pero no podia dejar que lo alcanzaran. No podia imaginarse lo que le harían. Sabía lo horrible que era el vecindario, por eso no podia detenerse. Aun si sentía que sus pulmones se quemaban y que su corazón se le salía del pecho no podia parar.
Por fin legó a su casa. Al mismo tiempo que un trueno rompió el silencio de la noche él, de una patada, logró derrumbar la puerta de su casa. Se refugió detrás de ella y logró poner un librero lo suficientemente pesado para detener el avance del cobarde que lo perseguía desde las sombras, a la vez que se ponía en cuclillas detrás del librero para fortificar su barricada.
Y funcionó. Tras un par de minutos detrás de la puerta, no podía escuchar más ruido que las pocas gotas golpeando la calle. Tomó un respiro y comenzó a notar cómo su ritmo cardiaco bajaba, mientras que pensaba en lo mucho que sus piernas le reclamarían el siguiente día. Pero no importaba. Logró salvar su vida. Burló a los malditos que sin tregua lo seguían. Ganó.
Del cansancio, sin embargo, no pudo escapar. Agotado, se sentó en el suelo de su casa, con la espalda recargada en el librero, cerró los ojos y logró conciliar el sueño tras pocos segundos.
Del otro lado de la calle, un pequeño grupo de personas que vieron el espectáculo mientras esperaban su autobús encontraron sus miradas llenas de confusión.
-¿Qué pasó? ¿Estará bien?_, preguntó la muchacha de la bolsa.
-Creo que deberíamos llamar a la policía, decirles que un ratero se metió a Esa casa-, exclamó el segundo mientras sacaba su celular.
-No, déjenlo- dijo el anciano de rostro apacible -. Lleva viviendo en esa casa abandonada desde hace como dos años. Solo sale en las noches cuando quiere pasear por el pueblo. Le recuerda su vida antes de su diagnóstico. Ahora se la pasa así, huyendo de fantasmas que sólo él ve. Buscando cómo huir de sus propias sombras. No llamen a la policía, solo le harán más daño.
Todos se quedaron viendo aquella casa abandonada, con un librero caído como puerta, hasta que llegó el siguiente autobús. Al subirse aquel grupo de pasajeros la casa fue quedando cada vez más lejos, hasta que finalmente desapareció, junto con el recuerdo de aquel hombre que huía de las sombras hacia las sombras.
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