Lo que cabe en un adiós
Hoy se fue papá. Se supone que tiene
un proyecto de metalurgia en Japón, por lo que tendrá que vivir allá un par de
años y es la razón por la que nos quedaremos solos mi mamá, yo y mi pequeño
hermano, que nacerá en tres meses. Sobra decir lo desconsiderado del caso; como
si no pudiera mi papá conseguir trabajo en el país.
Ayer me dio una de esas charlas de
película. Que ahora yo seré el hombre de la casa y que debo de cuidar de mi
mamá, pero ¡qué desconsiderado al decir eso! Tengo apenas 12 años, es más que
evidente que no puedo ser el hombre de la casa, no sé qué significa serlo.
Apenas puedo hacerme de desayunar cuando mi mamá se va temprano de casa y ¿ahora
yo tengo que cuidar de ella? ¿Cómo se supone que haga eso sin fallar?
— Sé que ahora no puedes entenderlo,
hijo — decía mientras ponía sus enormes manos sobre mis hombros —, pero te juro
que esto lo hago por ustedes.
— Si ya no piensas ser mi papá,
mejor ni me des consejos — dije mirando al suelo y apretando los dientes.
Mi papá apartó un poco de mí y se
dirigió al tocador de su habitación; abrió uno de los cajones y empezó a esculcar
entre un montón de baratijas, llaves viejas y calcetines sin par que guardaba
ahí. Sacó de entre todas esas cosas una caja negra con un moño del mismo color.
Al verla fruncí el ceño y apreté los puños indignado, ¿en serio pensaba que con
un regalo iba a poder comprar mi perdón?
Me fui corriendo a mi cuarto,
donde me encerré toda la tarde a pesar de las insistencias de mis padres. No
quería verlos, no quería fingir que todo estaba bien, ni cenar alitas de pollo como
si nada, como si él no nos fuera a abandonar horas más tarde.
Hoy se fue papá. Hoy salí de mi
cuarto. Y en la mesa del comedor quedaba mi madre en una penumbra iluminada, la
que sólo el silencio brinda y la que, en una mueca inexpresiva, destroza. A su
lado la caja de ayer, aún sin abrir. Me acerqué para intentar consolar a mi
madre, sin embargo, ella me miró antes de poder acercarme lo suficiente para
tocarla y con el simple hecho de verme, su mirada cambió. Con un leve gesto me
invitó a sentarme y a abrir la caja. Así lo hice, no podía negarle eso después
de verla así. Abrí la caja, dentro de ella, un reloj grande plateado.
—El en serio quería explicártelo,
pero no pudo — musitó mi madre esbozando una sonrisa —. Pero
bueno, expresarse al hablar nunca fue su fuerte.
Miré el reloj un rato y lo devolví a su caja. No sé por qué, pero sentía
que no debía usarlo, que ese regalo era para el que sería el hombre de la casa,
el que podría, no cuidar a su mamá, sino apoyarla con la dura carga que es cuidar
esta familia, para el que crecería en ausencia de su padre y sería mejor al
volverlo a ver. Yo aún no me merecía ese reloj, aún no era mío, pero sabía que haría
todo para pronto merecerlo.
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