“¿Qué fue lo que pasó?”

Alba se lo preguntaba, mientras seguía mirando hacia el otro lado del salón de clases. Tenía la mirada fija en Joyce. No podía dejar de verla, no este día.

Cuántas ganas tenía de decirle lo bien que le sentaba ese vestido púrpura. Combinaba perfecto con el ligero toque de rosa que coloreaba sus labios. Cómo odiaba tener que esconder las ganas que tenía de dejar que el perfume de ella se le quedara impregnado tras un abrazo como los que solo ellas dos sabían darse. 

“‘¿Cómo estás?’. No, es demasiado incómodo. No puedo solo llegar y preguntar eso. No hoy... ‘¿Tienes tiempo para platicar? Hay algo que quiero decirte’. Suena un poco mejor. Pero ¿qué hago si me dice que no quiere hablar conmigo? ¿Qué le digo cuando me responda que no tiene nada que decirme y que no quiere escuchar lo que sea que yo le diga?”

Alba, quien nunca pedía nada a nadie. Su orgullo lo llevaba en ser capaz ella sola de hacer lo que ella quisiera. Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo. Eran esas las palabras que regían su actuar. Jamás pedía favores a nadie para alcanzar nada. No si podía encontrar una salida o una forma de hacerlo ella misma. Y tras veinte años de excelencias académicas, de premiaciones, de comentarios positivos de colegas y profesores, de proyectos realizados y de hacerse una envidiable reputación, sentía que esa frase cobraba más sentido que nunca.

Y aun así, su vida se había vuelto nada. Las risas que la acompañaban con Joyce fueron apagadas y dejaron dentro de ella un vacío desolador. Cerraba los ojos y trataba de recordar quién había sido ella antes de Joyce. Tal vez así podría volver a sentir que ella era capaz de cambiar el mundo, que era aquella mujer incomparable en quien sus padres confiaban, y en quienes sus amigos tenían siempre el mas grande apoyo.

Pero los abría y se veía sola. Sin la que en poco tiempo se había vuelto su mejor amiga. No, su hermana. Sin el apoyo de la única persona que la vio en sus peores momentos, y aun así elegía quedarse a su lado. Sin los mensajes con stickers de whatsapp que la hacían sonreír, sin sus ocurrencias tan entrañables que nunca fallaban en devolver la luz del sol a un día nublado. Sus vidas se habían unido. El futuro, que para muchos es fuente de temor, para ellas era signo de esperanza. Mientras se tuvieran la una a la otra, todo estaría bien.

Hasta aquella pelea.

Fue desgarradora. Hubo más silencios que gritos. Mientras Alba tenía el rostro enrojecido y las palabras se atoraban en su lengua, Joyce la escuchaba con luto. Ambas sabían lo que iba a pasar. No podían guardarse lo que las separaba tanto. El corazón de Joyce latía por alguien a quien Alba no soportaba. Ella conocía a los de su tipo. Sonrisa carismática, sin preocuparse por nada ni nadie en su vida, de aquellos cuyas camas han sentido tantos cuerpos desnudos que dejó de valer la pena contarlos. “No puedes terminar con alguien así”, pensaba Alba mientras, con la voz entrecortada, le rogaba a Joyce reconsiderar. “No hagas el mismo error que yo cometí”.

Pero fue en vano. “Yo sé lo que dices”, le respondió Joyce. “Pero mi corazón me dice con más fuerza que es él. No te va a gustar oír esto, pero ni siquiera sé cuándo fue que le dije te amo por primera vez. Mis labios se movieron, mi garganta susurró algo, y al voltearme a verlo le pregunté qué fue lo que le acababa de decir. Jamás pensé decirle que lo amaba. Habló mi corazón, y no puedo ignorar eso”.

Tras un largo silencio, Alba solo dijo “si es así... no quiero tener nada que ver contigo”. Levantó su bolso del piso y, sin mirar atrás ni despedirse, se fue. El único rastro que dejó detrás fue una pequeña gota en aquella mesa. 

Esa había sido la ultima vez que hablaron.

Desde entonces, un año había pasado. Todo este año trató de ocuparse en todo lo que pudiera. Subir las calificaciones. Encontrar un trabajo. Componer música. Y todo eso lo logró. Pero, al final de cada día, por todo un año nunca pudo superar las ganas de llorar, al recordar que no podía contarle a su persona favorita... ex-persona favorita cómo le había ido.

Y nunca pudo superar aquella promesa que se hicieron. Era de noche. La ventana sonaba constantemente al recibir los golpes de la lluvia. Estaban ellas dos abrazadas, compartiendo la misma cobija. Veían la película que, caminos de la vida, era la favorita de las dos desde antes de que se conocieran. Y, al acabar la película y comenzar a discutirla, comenzaron a platicar sobre el futuro. 

“... pero todavía tengo que practicar mucho el idioma antes de que valga la pena ir. Si no, voy a estar perdida en el centro engordando con McDonald’s”, dijo Joyce entre risas.

“Para eso estoy yo. Cuando vayamos yo me como tus papitas. Así ya no engordaste” le respondió Alba desafiante.

Rieron unos segundos y después silencio.

“Alba... prométeme una cosa”.

“¿Qué pasó?”

“Prométeme que, pase lo que pase, lo que sea que traiga el futuro lo enfrentaremos juntas.”

“Joy—“

“Prométemelo. Al, la vida es demasiado impredecible. Sabes cómo me dolió cuando perdí a mamá. No puedo perder a mi hermana. No te quiero perder. Pero sé que si algo pasa entre nosotras nunca podré obligarte a que te quedes. Sé que suena egoísta e infantil, pero por favor... prométemelo”.

“Joy... hace dos años que entré a la carrera nunca habría pensado que encontraría una persona que me acompañara como tú. Eres mi alma gemela, la hermana que siempre quise. Y si la vida nos separa, algún día volveremos a encontrarnos. Te lo prometo. Te lo juro”. 

El resto de la noche se quedaron dormidas, una al lado de la otra.

Hoy recordaba más que nunca esa promesa. No podía soportar un día mas sin su mejor amiga. Sin su hermana. Sin su Joy.

Al terminar la clase, se levantó de su asiento y le tocó suavemente el hombro.

“Oye... ¿tienes un momento para platicar?”

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