Sangre y vida
Corría bajo la lluvia, tan agitado que se escuchaba el golpeteo de los charcos a cada paso. Conforme avanzaba se iba haciendo más tortuoso seguir la ruta hacia la cabaña. Además de estar cargando una bolsa de basura un poco pesada, el lodo hacía más arduo el camino y su visión era nebulosa. Pero el joven huérfano sabía que no podía fallar en esta misión si quería ser miembro de “La Familia”, y él estaba determinado a ser parte de ella.
Cuando llegó a su destino por fin pudo darse un respiro. “La Familia” lo recibió felicitándolo por haber cumplido su cometido, su primer gran tarea. No había sido fácil, había estado acostumbrado a robar comida, desembolsar a transeúntes y hacer encargos que no requerían de un gran riesgo; pero ésto, ésto era diferente. Le había sido encomendada una misión especial para antes de la medianoche: traer a un niño a la cabaña vivo o muerto.
Los integrantes de “La Familia” examinaron al niño difunto que traía dentro de la bolsa. Tenía una apariencia pálida y su piel estaba gélida. El jefe felicitó al joven con palabras gratificantes: “Bien hecho, mi querido hijo. Sabíamos que tendrías el coraje y el valor para poder cumplir. Gracias a tu esfuerzo, ahora podremos rendir tributo a Moloch. Y tú, serás introducido formalmente como miembro de La Familia”.
Al escuchar estas palabras no pudo evitar regocijarse de la emoción. Desde que tiene memoria había sido un huérfano que rondaba sin hogar ni compañía. Por primera vez formaba parte de una familia que lo respalda, que lo cuida, que lo quiere. En su cabeza no cruzaban ideas más que esa; ni siquiera el recuerdo de cómo tuvo que engañar a un niño esa tarde para que lo siguiera hacia el bosque y después tuviera que ahorcarlo.
Ahora, iniciemos el ritual —profirió el jefe—. En seguida, dos integrantes sujetaron por los brazos al joven e intentaron amarrarlo a una silla con una cuerda. El joven opuso resistencia ante este acto súbito e inesperado, pero uno de los secuaces lo ahorcó con su antebrazo en el cuello, dejándolo inconsciente en unos segundos.
Despertó con la visión borrosa sin tener idea de sus alrededores. Tenía las manos y piernas atadas a una silla de madera. Lo que lo despertó fue un olor metálico tan desagradable que le provocaron náuseas. Pudo percatarse en breves instantes a qué se debía ese olor: había sido untado con sangre alrededor de su cara y cuerpo. Al observar con horror el cuerpo desmembrado del niño raptado sobre una mesa se dio cuenta de que estaba cubierto por la sangre de él.
Estamos aquí reunidos, gran Familia, para realizar un sacrificio a nuestro rey, Moloch —dijo el Jefe—. Como cualquier padre, nos exige; pero también nos cuida y nos exhorta a seguir el camino que Él nos ha señalado. ¡Oh, rey Moloch! Te ofrecemos a este joven untado con la sangre que más te place: la sangre de un infante.
El joven—que hasta hace unos instantes había dejado de ser huérfano—, estaba siendo preparado para un sacrificio por su nueva familia. El jefe vio el terror en sus ojos y le dijo algunas palabras de consuelo: “Como miembros de “La Familia”, todos tenemos que hacer sacrificios. El tuyo, desgraciadamente para ti, será perecer en el fuego dentro de la estatua. Moloch se saciará de tu cuerpo y tus gritos serán la sinfonía que guiará nuestras alabanzas hacia él. Es un sacrificio necesario, hijo mío, espero que lo entiendas. Nuestro rey exige sangre y vida. ¡Familia, colóquenlo en nuestro altar y quémenlo!”
El joven entonces fue colocado debajo de la estatua del cordero y fue prendido en llamas, pereciendo entre las llamas mientras gritaba desenfrenado.
Cuando llegó a su destino por fin pudo darse un respiro. “La Familia” lo recibió felicitándolo por haber cumplido su cometido, su primer gran tarea. No había sido fácil, había estado acostumbrado a robar comida, desembolsar a transeúntes y hacer encargos que no requerían de un gran riesgo; pero ésto, ésto era diferente. Le había sido encomendada una misión especial para antes de la medianoche: traer a un niño a la cabaña vivo o muerto.
Los integrantes de “La Familia” examinaron al niño difunto que traía dentro de la bolsa. Tenía una apariencia pálida y su piel estaba gélida. El jefe felicitó al joven con palabras gratificantes: “Bien hecho, mi querido hijo. Sabíamos que tendrías el coraje y el valor para poder cumplir. Gracias a tu esfuerzo, ahora podremos rendir tributo a Moloch. Y tú, serás introducido formalmente como miembro de La Familia”.
Al escuchar estas palabras no pudo evitar regocijarse de la emoción. Desde que tiene memoria había sido un huérfano que rondaba sin hogar ni compañía. Por primera vez formaba parte de una familia que lo respalda, que lo cuida, que lo quiere. En su cabeza no cruzaban ideas más que esa; ni siquiera el recuerdo de cómo tuvo que engañar a un niño esa tarde para que lo siguiera hacia el bosque y después tuviera que ahorcarlo.
Ahora, iniciemos el ritual —profirió el jefe—. En seguida, dos integrantes sujetaron por los brazos al joven e intentaron amarrarlo a una silla con una cuerda. El joven opuso resistencia ante este acto súbito e inesperado, pero uno de los secuaces lo ahorcó con su antebrazo en el cuello, dejándolo inconsciente en unos segundos.
Despertó con la visión borrosa sin tener idea de sus alrededores. Tenía las manos y piernas atadas a una silla de madera. Lo que lo despertó fue un olor metálico tan desagradable que le provocaron náuseas. Pudo percatarse en breves instantes a qué se debía ese olor: había sido untado con sangre alrededor de su cara y cuerpo. Al observar con horror el cuerpo desmembrado del niño raptado sobre una mesa se dio cuenta de que estaba cubierto por la sangre de él.
Estamos aquí reunidos, gran Familia, para realizar un sacrificio a nuestro rey, Moloch —dijo el Jefe—. Como cualquier padre, nos exige; pero también nos cuida y nos exhorta a seguir el camino que Él nos ha señalado. ¡Oh, rey Moloch! Te ofrecemos a este joven untado con la sangre que más te place: la sangre de un infante.
El joven—que hasta hace unos instantes había dejado de ser huérfano—, estaba siendo preparado para un sacrificio por su nueva familia. El jefe vio el terror en sus ojos y le dijo algunas palabras de consuelo: “Como miembros de “La Familia”, todos tenemos que hacer sacrificios. El tuyo, desgraciadamente para ti, será perecer en el fuego dentro de la estatua. Moloch se saciará de tu cuerpo y tus gritos serán la sinfonía que guiará nuestras alabanzas hacia él. Es un sacrificio necesario, hijo mío, espero que lo entiendas. Nuestro rey exige sangre y vida. ¡Familia, colóquenlo en nuestro altar y quémenlo!”
El joven entonces fue colocado debajo de la estatua del cordero y fue prendido en llamas, pereciendo entre las llamas mientras gritaba desenfrenado.
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