Sueño de verano
De repente, pero de forma paulatina se fue quedando dormida. Una suave brisa, de reciente inicio, mecía todo y, lenta pero gradualmente, arreció hasta llegar a ventisca. El cálido aire empezó a perder temperatura y a ganar filo. La luz del sol que llevaba doce horas dando vida, comenzó a tornarse morada y rojiza y dorada. Todo es una explosión de color, como la traca final de este día. En escasos minutos empiezan a aparecer unas altas nubes que sirven como telón al magno espectáculo. Teñidas de un tenue gris, no son de aquellas para las que necesitas paraguas. Un conejo corre hacia su madriguera, ya no es hora de andar merodeando. Una orquesta bajo la batuta del grillo empieza una repetitiva rica sinfonía que aporta el acompañamiento. Una ardilla salta entre las ramas y provoca que una piña caiga. Silencio. Reanuda la sinfonía. La hierba, que la recubre entera, se estira y se deja caer. Ha ido pasando por todos los tonos de verde hasta alcanzar el tinte terroso que tiene ahora. Poco a poco el color de hojas, hierba y copas de los árboles confluye en un monótono gris. Del sol solo se ve un incompleto semicírculo, naranja intenso como el del metal fundido. En el cielo el rojo y dorado dan paso a tonos de azul, lila, violeta y añil, enfriando el ambiente. Las nubes se adelgazan y entra en escena la protagonista, la luna. Hoy está llena y no está sola. Diminutas estrellas van apareciendo poblando la bóveda. Un oscuro azul ha ido extinguiendo los lilas y violetas, homogeneizando el color para dar el protagonismo a los astros nocturnos. La paz se respira en el ambiente. Duerme la pradera, mañana será otro día.
Comentarios
Publicar un comentario