Sueño de vida

Anoche tuve un sueño.

Es extraño. Hace mucho dejé de soñar. O, por lo menos, no desde que tengo que tomar esas medicinas. “Es necesario que las tome junto con las demás. A estas alturas y a su edad, sí su ritmo circadiano se interrumpe el tratamiento corre riesgo de no funcionar”. Esas fueron las palabras del doctor. Sé que él sabe más que yo, y aun así las malditas pastillas me mantienen dormida todo el día y casi nada en la noche. Acompañada solo por la luna, me siento tan cansada que lo único que deseo es dormir. No lo consigo, y pierdo horas en la cama, tratando de encontrar aquello que he perdido. El sol comienza a anunciar su llegada, y solo entonces mis ojos se declaran vencidos. Me levantó solo cuando el hombre me lo demanda, y termino tan cansada de cocinar lo más básico que pueda que debo dormir de nuevo. Así mi vida, que por demás es corta, se me escapa. Pierdo mis días cada vez con mayor rapidez.

Esta batalla entre mi sueño y yo apenas me da tregua un par de veces por semana. Es ahí que reúno fuerzas para bañarme y recuperar un poco de frescura. Mas cuando salgo de la regadera y me miro en el espejo, me pregunto tantas cosas. ¿A dónde fue el brillo que iluminaba mis ojos? ¿Dónde quedó el rostro liso y sonriente que me saludaba en mi reflejo? ¿Cuándo podré reclamarle al ladrón que me quitó mi juventud? ¿Donde quedaron los sueños que vivía cuando podía recostarme y soñar que construía un mundo nuevo?

Todo se ha ido. Esas vidas que soñaba hace mucho tiempo me dejaron sola.  Y bueno, creo que tras vivir mi vida por tantos años, me acostumbre y dejé de buscar otras. Es parte de crecer. Darse cuenta de que entre sueños la vida se escapa. Es apenas un suspiro, y es mejor usarla que perderla con la cabeza en las nubes.

Pero ayer en la noche, tras haber conseguido sumirme en un profundo letargo, ese hábito se rompió. Por primera vez en muchos años soñé. Mi vida fue otra por unos instantes.

Al principio me levantaba de la cama. No recuerdo que me costara ningún trabajo. Sentía los rayos del sol acariciar mi rostro. Me preparaba mi desayuno, un pequeño plato de huevos con jamón. Comía poco porque tendría visitas, saldríamos a comer y hablaríamos de nosotros y nuestros mundos.

Y sin pasar un solo parpadeo, ahí estaba. Mi hijo, su mujer y mi nieto. Era el vivo reflejo de mi marido. Y mi nieto, de su padre. Los dos habían heredado mis ojos, ese color miel como símbolo de un alma pura.

Comíamos en mi casa una comida que yo había preparado. Mi hijo me contaba cómo había resuelto un problema en su trabajo, y su mujer y yo lo escuchábamos con unción. En mi viejo estéreo sonaba música de mis días, adornando nuestra reunión, pero las risas de mi nieto jugando en el jardín tocaban una melodía aún más placentera.

Fue así que me dijo mi hijo que me llevaría de viaje. Recorreríamos Asia, viajaríamos por China, Japón y conoceríamos muchos lugares diferentes. Un amigo suyo nos guiaría allá, y tendríamos tantas cosas qué hacer juntos. Recordé cuando lo llevaba yo a pasear al parque cuando chiquito. Ahora él me tomaba de la mano y me pedía acompañarlo en su aventura.

Antes de decir una palabra más ya estábamos en el avión. Mi hijo había elegido sentarse junto a mí. Hace tanto no lo tenía tan cerca. Su mujer y su hijo estarían justo detrás, ella enseñándole a leer y él tratando de encontrar algún sentido en los garabatos que habían sobre el papel.

Y cuando comencé a rodear suavemente el brazo de mi hijo, desperté.

Volteé a buscar su brazo para sostenerlo entre los míos, pero no pude encontrarlo. No la encontré a ella tampoco. Ni a su nieto, ni al avión. Estaba sola yo, rodeada por las sombras de la noche en mi casa. Mi maldita casa sola. Traté de contener las lágrimas. Quería volver a soñar con el hijo que nunca tuve y el nieto que jamás conoceré, y sabía que si lloraba, soñar seria imposible. Traté de dormir otra vez, con todas mis fuerzas de verdad traté. 

Fue en vano.

Nunca pude despedirme de aquel espejismo que mi mente creó para mi. Aquella bella ilusión se presentó para burlarse de mí, y dejarme cuando más la necesitaba. Jamás detesté más haberme enfocado en mi carrera y no haber hecho tiempo para encontrar el amor ni crear mi familia. Jamás me había destetado más a mí misma.

Hasta que di hoy en la mañana con la solución. 

En mi frasco quedan todavía 20 de esas pastillas que me impiden vivir. Al caer la noche, voy a triturarlas con la poca fuerza que puedo reunir, las verteré en un vaso con agua, y al beberla dejaré que mis ojos se cierren lentamente. Esta pesadilla tiene que terminar. Quiero despertar en aquella vida que soñé. Mi espejismo con forma de familia... no puedo vivir si no estoy con ella.

A quien encuentre esta carta, sepa que en mi muerte vivo la vida que, me doy cuenta, es la que siempre quise. Mis asuntos están en orden, mi tiempo fue el suficiente. Este sueño eterno es lo único que quiero ahora.

Y ahora, al tener el vaso y las pastillas frente a mí, pienso en lo que me va a pasar. Me pregunto si esto es lo que de verdad quiero, pero al pensar en el lugar al que iré cuando duerma, al ver de nuevo esos ojos que alguna vez vi en mi reflejo... miro el vaso y me doy cuenta de que...

... por primera vez...

...soy feliz.

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