Un eterno diálogo
Habíamos quedado a las 10:00. Un minuto antes ya estaba allí. Tenía los ojos clavados en la puerta, pero no estaba mirando. De repente, una mujer capturó mi atención. Sonrió al recepcionista y preguntó si había llegado don Luís. Éste respondió afirmativamente y acto seguido la condujo hasta mi mesa.
Durante esos segundos me dio tiempo a pensar demasiadas cosas. Aunque la conocía de toda la vida, no la había visto desde que nos separamos en Sao Paulo, hace unos nueve años y 122 días. Siempre había pensado que ella era la elegancia en persona. Sus labios finos dibujaban una asimétrica pero grácil sonrisa que se ampliaba hacia la derecha; sus dedos alargados con cuidadas uñas carmesí sostenían una elegante cartera negra; los zapatos altos terminados en punta producían un suave golpeteo; su caminar pausado delataba su edad.
Mujer de carácter, sabía lo que quería. Se fijaba en los pequeños detalles y era en las cosas más minúsculas donde encontraba la felicidad. Agradecida por todo y amante de la naturaleza. Después del protocolo de saludar e interesarme por cómo se encontraba, pregunté:
—¿Sigues caminando tres horas los domingos?
—Por supuesto —respondió. Sacó de su cartera su block de dibujos y me enseñó sus últimas acuarelas. Eran preciosas, mucho mejores de lo que recordaba. Yo siempre le había insistido en que las expusiera, su respuesta fue negativa cada vez. No le interesaba la fama, dibujaba y pintaba para ella. Si acaso para algún amigo cercano.
Reuniendo todo mi valor balbuceé: —Te extrañé.
—Sabes que yo también, Álvaro. Aunque no hace falta que te lo diga — dijo suavemente como saboreando cada palabra.
Nuestras manos arrugadas estaban muy cerca. Nosotros muy lejos. Yo hablaba. Ella respondía. Las manos a dos centímetros. La atmósfera romántica. Más y más. La tensión aumentaba. Rocé su dedo. Apreté sus manos. Nunca habíamos estado así de pegados.
—No… podemos… —dijo con dificultad y añadió—. Está mi esposo afuera.
Sabía que iba a suceder, siempre lo hacía. Pero no esta vez. Metí mi mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar la artillería. Deslicé dos papeles rectangulares y dejé que hablaran solos.
—¿La India?—Sí, tú y yo. Ahora. Sin pensar. Siempre hemos querido esto. Siempre. No lo pienses tanto. Lo tengo preparado.
—¿Y si fallamos?
—Ya estás pensando demasiado, la aventura de tu vida. Piensa en Titanic, La dama y el vagabundo, ¡La sirenita! ¡¡Hércules!! ¡¡¡Pocahontas!!! ¡¡¡¡Casablanca!!!! —se quedó callado y añadió—. Ya no sé qué decir…
—Pues con esta ya van seis intentos. Tú te vas a memorizar otra vez y ya me debes seis cafés — exclamó con aires de indignación mientras se levantaba y dirigía al minibar.
El director resopló y todo el equipo de grabación supo que otro día no se irían temprano. Era viernes.
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