Un último pendiente


Cuando el final se acerca, la gente se suele preguntar ¿qué hice de mi vida? Se recrimina por haber abandonado sus sueños, por no alcanzar sus metas, y por traicionar al niño que solían ser.
Éste no era el caso de aquel señor que yacía en su cama, con el peso de los años en su rostro y la poca vida que le quedaba escapándose de las manos. Él había vivido una vida plena, sus padres lo amaron y así amó él a su esposa e hijos. Era muy querido entre sus amigos y sumamente estimado por sus compañeros de trabajo. Hace apenas unos años su esposa había fallecido y él ya no sentía la necesidad de permanecer en este mundo; había cumplido todos sus deseos y sólo quería reencontrarse con ella, pero aún le quedaba un último pendiente.
Sus dos hijos solían visitarlo en el asilo, platicaban un par de horas, jugaban dominó y después se iban. Él sabía que no podían permanecer con él todo el día, eran normas de aquel lugar; pero conforme pasaban los meses, él quería verlos menos, no quería que se dieran cuenta de su fragilidad y mucho menos que sufrieran por él. “¿A qué vienen a ver a este viejo?” solía decirles con una sonrisa. Ellos lo abrazaban y lo veían con ternura.
En las noches solía recordar su vida, mientras veía a través de la ventana las luces de los coches pasar. Se quedaba dormido después de unos cuantos minutos, pero pasando unas horas se volvía a despertar. En una de esas noches frías las voces de unos niños lo despertaron. ¿Niños? ¿Por qué habría niños ahí? Se quedó pensativo y trató de recuperar el sueño, pero las risas volvieron. Eran risas tiernas, juguetonas y sinceras. Eran el tipo de risas que alegraban a cualquiera. Se escuchaban a lo lejos, a lo mejor estaban fuera, no lo sabía.
Las noches siguientes volvió a suceder, solo que cada vez se escuchaban más cerca. ¿De dónde provendrían esas risas? ¿Qué no era hora de que los niños durmiesen? La pequeña melodía nocturna no le permitía dormir, sin embargo, tampoco le molestaba.
Cuando sus hijos regresaron a verlo él les contó de los niños, que estaban ahí todas las noches, que cada vez estaban más cerca, que iban a visitarlo. Los hijos miraron a su padre, pero ya no con ternura, sino con lástima.
Cada vez que el sol se ponía, el anciano miraba por la ventana, esperando poder ver a esos niños antes de que fuera demasiado tarde.
Su salud empeoró, pero él no estaba preocupado, mas algo le incomodaba y era el saber que tal vez no vería a los dueños de aquellas risas.  Una mañana, sus hijos le llevaron una caja de cartón, bastante vieja y remendada. La habían encontrado en su casa, debajo de la cama, parecía ser muy especial para tenerla tan a la mano. Los ojos desgastados volvieron a brillar por un momento, y con ayuda de sus hijos, abrió la caja y sacó los tesoros que tenía dentro.
Decenas de fotos se esparcieron por la cama, cartas de amor y algunos libros; pero al fondo del cartón, se encontraba un papel bastante arrugado. Era una hoja de cuaderno, que a cualquiera le parecería sin importancia, para él, era la respuesta a sus preguntas.
Distintas manitas la habían escrito, pero todas agradeciéndole lo que les había enseñado: amistad. Aquella carta se la hicieron los niños que conoció en Colombia, de quienes fue maestro, a quienes quiso y quienes marcaron su vida para siempre. Puede que no haya pasado mucho tiempo con ellos, pero los quiso como si fuesen sus hijos.
Horas después falleció, descansando al fin.
Sus hijos contactaron a los autores de aquella carta para informarles la muerte de su padre. Nadie se ausentó al funeral y todos recordaron con cariño a aquel hombre que les enseñó lecciones de vida. Puede que cuando se conocieron ellos apenas eran unos niños y él un joven, pero eso no impidió que años después lo siguieran admirando.
Aquel hombre viejo finalmente había logrado su último pendiente: reunir a aquellos niños nuevamente, ahora adultos con familia, para que no olvidasen la amistad que formaron años atrás.


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