Cuestión de negocios


Corría bajo la lluvia, tan agitado que se escuchaba el golpeteo de los charcos a cada paso, paso solitario y bajo la lluvia, con algún aviso de embargo en mi mano, mirando al piso para evitar el fuerte viento y sin paraguas, porque el miserable no puede andar bajo la lluvia precavido. Hacía un rato que las cosas no iban bien, que no tenía dinero y había usado todas las líneas de crédito para mantener a mi familia; todo por mi estúpida idea de invertir en el negocio de un amigo, y vaya amigo, que en cuanto quebró y no pudo pagar sus deudas, me dejó como aval ante sus acreedores, abandonado.
Aquella noche iba hacía casa, ahorrando migajas de valor para por fin contarle a mi esposa lo que estaba pasando, pero la taquicardia, la pseudo hipotermia y el ruido intenso de las gotas chocando con los árboles me impedían pensar en un discurso sincero y alentador que decirle. La noche imponente ya no susurraba, sino gritaba “fracasado”.
De un momento a otro, la lluvia paró mientras pasaba por un cruce de caminos. Pude por fin alzar la vista y mirar al frente, para toparte con un tipo parado a unos cuantos metros de mí, en completo silencio; uno que no sabía que se podía tener aún en los suburbios de la ciudad.
– Ya sabes quién soy, ¿cierto? – dijo el tipo.
– ¿Eres el de los contratos que arreglan la vida? – le respondí sarcástico
– El mismo.
El silencio se hizo aún más absorbente que hacía unos segundos y mis ganas de bromear al respecto se fueron para dar paso a una extraña tensión en mi cuello y mandíbula. No había razones específicas para creerle, simplemente mi cuerpo le creía.
– La amistad es desechable, muchacho – dijo ahora sombrío –. El dinero es un simple papel que cambia de dueño y muchas veces con él, la lealtad.
– ¿Qué me quieres dar? Y más importante aún, ¿qué me quieres quitar? – pregunté apretando los dientes.
– Yo no quito, ¿sabes? Ni siquiera tu alma. Esa termina conmigo porque allá arriba no aceptan los negocios conmigo. Me entretengo viendo lo que hacen con todo lo que les doy y con lo que no pueden tener, su miedo a la soledad, a la muerte. A ti te daré todo lo que tienes, pero mejor: empresas, dinero, una mejor casa, un mejor auto y una mejor esposa.
– ¡Espera! – dije alarmado –. Yo no quiero “una mejor esposa”, amo a mi esposa, quiero mi vida con ella y sin ella, nada.
– Nunca faltan los que son como tú. ¿En serio piensas que una mujer vale tanto? ¡El amor muere! ¡El de arriba te engaño, no hay amor eterno! – dijo fúrico.
– Sin ella, NADA – respondí seguro.
Cayó una gota en cara. Él se dio la vuelta. Otra gota. Comenzó a caminar. Cayó de nuevo la lluvia, el ruido y el viento imponente que me obligó a mirar al piso. Apreté mi aviso de embargo con la mano y continué caminando a casa.
Tal vez debí aceptar el trato, porque esa noche ella se fue, me quedé sin ella y sin ella fui nada.

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