El último adiós
Brigitte Lacroix,
se encontraba en la terraza de monsieur Jean-Philippe d'Orleans fumando
un cigarrillo con una mirada perdida. Observaba como hombres y mujeres caminaban
despreocupados, mientras niños corrían y jugaban alegremente sobre
la larga arenosa avenida, rodeada de frondosos árboles. A pesar de ese panorama
de Champs-Élysées
a
mediodía, en esos momentos, ella se sentía intranquila porque no se
hallaba donde quería estar.
La noche
anterior Jean-Philippe y Brigitte fueron a cenar a un famosos restaurante en el
centro de París. Allí él le dijo que quería dejar a su esposa, para estar por
tiempo indefinido con ella. Ella no contesto nada. Momentos después pidió que
le trajeran un crème brûlée. Después de que el mesero se retirara, ella contesto que lo
que decía no era verdad, y que ambos los sabían. Él, indignado, preguntó porque
no creía que sus palabras eran sinceras, ella volvió a callar. Posteriormente le
trajeron el típico carameloso postre y lo comió con deleite, mientras Jean
Philippe la miraba con decepción. Sabes que estamos bien como nos encontramos
ahora, dijo Brigitte con incredibilidad, después de acabarse la sobremesa.
Podríamos estar mejor y lo sabes, contesto él. No, no podemos, repuso ella de
manera cortante. Sabes que, creo que es hora de irnos, dijo Brigitte
bruscamente. Está bien, vamos a mí piso, contestó él, cediendo en la discusión.
Jean-Philippe pagó la cuenta y seguidamente se dirigieron hacia su apartamento
que sólo se encontraba a un par de cuadras del restorán. En el trayecto ambos solo
miraban hacia el frente. Él solo se limitó a hablar para indicar en qué
dirección caminar, mientras ella se mantuvo muda durante el recorrido.
—Por fin llegamos, subamos —dijo con voz entusiasta.
—Está bien- contestó poco animada.
—¿Seguro que no está tu esposa?
—Ya sabes que no. Te dije que regresará hasta dentro de dos días —respondió molesto.
—Por fin llegamos, subamos —dijo con voz entusiasta.
—Está bien- contestó poco animada.
—¿Seguro que no está tu esposa?
—Ya sabes que no. Te dije que regresará hasta dentro de dos días —respondió molesto.
Subieron las escaleras con las
piernas pesadas e ingresaron al apartamento. Brigitte se recostó en el sofá de
la sala, mientras que Jean-Philippe fue por el Coñac a la barra, que estaba a
un lado del diván. Regresó con el licor y dos copas globo. Las sirvió a la
justa medida y las sostuvieron esperando a que calentaran. Se voltearon a ver. ¿Qué
tienes?, preguntó Jean-Philippe. Nada, estoy bien. Sólo me encuentro un poco cansada,
contestó Brigitte. Sí, yo también me encuentro algo fatigado, después de esa
caminata, comento él. Luego reino un silencio. Y ¿qué te pareció la cena?, preguntó
Jean-Philippe para romper con el mutismo. La verdad, que me agradó mucho le
coq au vin, pero no me gustó mucho la soupe à l'oignon, me
hubiera gustada que tuviera más queso. - Me alegró que te gustó- dijo y luego
pasó por su boca por primera vez esa noche el magnífico Louis XIII. -C’est Maginifique- exclamó con gozo. Posteriormente sacó un puro
y cerillos de su saco y lo comenzó encender. Después de otros dos tragos y un
habano.-Vamos- dijo Jean-
Philippe. Brigitte lo siguió hacia su cuarto. Se
acostaron.
Amaneció, pero sólo Brigitte se
encontraba en la cama esa mañana. A su lado había una nota: Que tengas un excelente
día!, pase una buena velada ayer contigo. Nos vemos pronto. Momentos después, se
encontraba fumando en la terraza del estudio. ¿hasta cuándo seguiré haciendo
esto? Suspiró, exhalando el humo del cigarro. ¿Por qué cree que me puede
engañar con dejar a su esposa? Se preguntó indignada. Ella conoció a Jean- Philippe en el burdel donde solía trabajar. La ocasión en que
se toparon por primera vez, él se encontraba sentado tomando una copa en la
zona del bar, cuando divisó a una joven chica rubia de estatura mediana con
ojos cautivantes color café marrón y de figura esbelta. Él pidió a la Madame del lugar que le
presentaran a esa joven. La matrona llamó a Brigitte y lo introdujo con Monsieur
d´Orleans. Ella prestó de sus servicios a Jean Philippe y desde entonces ambos
acordaron en que Brigitte dejaría el prostíbulo para que así, ella estuviera a disposición de
él en todo momento, claro a cambio de un honorario mensual bastante atractivo
para ella. Brigitte se había hecho la idea de que todos los hombre eran igual
de cínicos e incapaces de amarla. Muchos le prometían hasta la luna, pero lo
único que querían era quitarle sus bragas. Nunca esperaba encontrar a algún caballero
que realmente la buscará para solo escucharla y quererla como era. Acabó con su
tabaco, se dio un baño y posteriormente se marchó para su vivienda.
Pasaron tres días desde aquella velada, cuando Jean-Philippe le mandó una carta a Brigitte con su chofer para
citarla en un café en el barrio de Montparnasse. Brigitte recibió la correspondencia,
junto con el dinero que le tocaba de ese mes. Llegó a las 12:00 en punto como
así lo estipulaba la misiva, pero no lo hallo. Después de diez minutos, apareció
con la excusa de que había tenido una discusión con su esposa. –pardon amour- dijo Jean
Philippe. No hay problema, no llegué hace mucho. Contestó Brigitte.
—¿Cómo has estado?
—Todo en orden, como
siempre.- contesto sin mucho convencimiento.
—Me alegro
—¿Te llegó el dinero?
—Sí, gracias.
Te debo de decir algo,
dijo súbitamente Brigitte. Ya no deseo verte más. Aquí está tu dinero! y colocó
un fajo de billetes sobre la mesa. Calma, calma. ¿Qué te sucede? preguntó
tratando de controlar su cólera. No te das cuenta todo lo que perderías, sí es
que decides dejarme. Lo sé muy bien, contesto Brigitte. No, no lo sabes. Es más
sin mí, no podrías ni pagar el café de hoy. No entiendes que estarías en la
calle, sino fuera por mí. Ya no quiero ver nada contigo, dijo ella llorando. Te
agradezco todos los detalles que has tenido conmigo, pero ya no puedo más con esta
farsa. ¿Cuál farsa? Preguntó Jean-Philippe gritando. Mientras las mesas de
alrededor giraron en dirección hacia ellos. Lo nuestro es auténtico. Mi esposa
no me interesa, no la amo y en cambió a ti, sí. No lo puedes ver, dijo en tono
más suave. No me amas y por favor comprende que ya no quiero llevar más está vida.
Gracias, pero ya no puedo más. Luego se marchó. – perra inmunda, me la vas a
pagar- Gritó Jean-Philippe, mientras veía como cruzaba la calle. Esa noche
Brigitte se dirigió hacia la estación gare de l'Est para irse a
Lyon, de donde era originaria. Desde esa vez no se le volvió a ver. Unos
dicen que en el tren conoció a un agradable sujeto, con quien mantiene un
amorío, otros dicen que regresó con su madre y que actualmente trabaja en la
granja donde creció y otros dicen que Jean-Philippe no pudo con la impotencia
que lo abandonaran y contrató a alguien para asesinarla.
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