Juguemos
¿A qué edad se empieza a tomar
café, a usar corbata, a levantarse temprano para ir a trabajar y a desayunar
huevos con tocino en lugar de cereal con leche? ¿A qué edad se empieza a ser
señor? Esas cosas se preguntaban constantemente Ana, Paco y Luis mientras
juagaban en alguna casa y veían a sus respectivos padres ir de un lado a otro
con prisa, estrés y ganas de arrancarse los pelos.
– Deberíamos hacerlo también nosotros
– exclamó un día Ana sin mucho contexto.
– ¿Hacer qué? – preguntaron Paco
y Luis al unísono.
– ¡Pues eso! – replicó enseguida
–. Lo que siempre hacen nuestros padres. Tomar café, leer el periódico, gritarle
a los coches de las demás personas.
– ¿No crees que estamos muy
chicos para volvernos locos? – repuso Luis mientras se agarraba y arrugaba la
camisa.
– Pues yo ya tengo seis años. Así
que no estoy tan chiquita – dijo Ana cruzada de brazos.
Paco y Luis se miraron un rato,
para acordar telepáticamente si seguirían a Ana en este juego de ser como los
adultos. Ana no quiso esperar y se fue a la cocina por un banquillo en el cual subirse
para tomar la cafetera vacía de la barra y algunas tazas blancas de la gaveta contigua.
– ¡Espera, Ana! Sí queremos jugar
contigo – dijo Paco.
– Eso ya lo sabía – respondió Ana
con confianza –. Por eso les bajé sus tazas también.
Al tener cada uno su taza, se
echaron a correr al patio, donde fingirían ser adultos. Los tres se acostaron en
la tierra fingiendo que dormían; Paco empezó a hacer ruido de alarma, como para
despertarlos y a todos y el juego comenzó. Los tres se levantaron frunciendo el
ceño y refunfuñando constantemente; Luis hacía pantomimas de lavarse los
dientes y rasurarse la barba, mientras Ana se quitaba tubos imaginarios del
pelo, pero Paco seguía haciendo el sonido de despertador.
– Calla esa maldita cosa – dijo
Luis arrastrando la voz.
– Si tanto te molesta, ¡Apágala
tú! – replicó Ana
– Déjenlo. Yo lo hago – dijo Paco
y se dio un golpe en la cabeza para callarse a él mismo
– ¡No! – gritó Ana – Se supone
que somos adultos. No puedes responder tan feliz.
– Perdón – respondió Paco agarrando
su brazo izquierdo.
Los tres retomaron sus personajes,
eliminaron la sonrisa por completo y siguieron jugando a ser adultos mientras
Mildred, la mamá de Luis, los veía desde la ventana de la cocina. Extrañada al
ver a los niños hacer caras exageradas de enojo y tomar continuamente de unas
tazas, que habían tomado sin permiso, se acercó a ellos para preguntarles qué
hacían.
– ¿Quién les dio permiso de tomar
esas tazas, niños? – preguntó Mildred apretando los dientes.
– Es que somos adultos, mamá –
dijo Luis con voz grave.
En ese momento, la expresión de Mildred
se suavizó.
– Esta bien. Pero, ¿por qué se
mueven tanto y con cara de puchero?
– Pues porque eso hace los
adultos – exclamó Paco y los otros dos niños asintieron.
Al principio, Mildred rio por la
concepción que tenían los niños sobre el ser adulto, les quito gentilmente las
tazas y regresó a sus quehaceres mientras Ana, Paco y Luis seguían jugando en
el patio. Pero, conforme pasó la tarde, la idea dejó de darle risa y ternura,
para dejarle sembrada un poco de consternación.
Por la noche, cuando su esposo
llegó a casa, Mildred le contó sobre el pequeño juego que tenían los niños
aquella tarde y sobre su preocupación por la percepción que tenían de los
adultos; para su sorpresa, a su esposo no le interesaba para nada el tema, sólo
le decía que no podía pensar en las tonterías que pensaran los niños y que quería
dormir porque a la mañana siguiente tenía que ir temprano al trabajo. Al oír el
enojo de su esposo, Mildred río y recordó las muecas y pantomimas de los niños
por la mañana.
– ¿A qué edad se empieza a tomar
café, a usar corbata, a levantarse temprano para ir a trabajar y a desayunar
huevos con tocino en lugar de cereal con leche? ¿A qué edad se empieza a ser
señor? – susurró Mildred y durmió.
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