Los dos


Estaba sola en aquella mesa del bar, era el tercer whisky que tomaba esa noche. El mesero la había observado con extrañeza, no era la bebida que solían elegir las mujeres, pero esa noche a ella ya no le importaba. Los hombres la miraban de reojo, ¿qué haría una mujer tan guapa como ella sola en un lugar así? ¿A quién esperaba?
Encendió un cigarrillo y jugó con el humo. El mesero se acercó a la mesa y le ofreció otro whisky.
-Por ahora no, ya tuve suficiente.
Él se alejó, dejándola sola nuevamente. Ella observó aquel lugar, como si buscara a alguien. Había demasiadas personas; hombres guapos, altos, gordos, viejos, extranjeros, pero ninguno era a quien buscaba.
-Todos son iguales- una mujer rondando los 30 había tomado el asiento junto al suyo. -Puede que se vean distintos, pero todos son la misma basura.
-No espero a nadie, vengo por mi cuenta.
-Pues no parece, llevas mirando la puerta desde hace tiempo. Ya olvídalo, no va a llegar.
La mujer le hizo una seña al mesero y le pidió dos bebidas más.
-Ésta va por mi cuenta.
Después de un par de tragos, salieron del lugar y caminaron por las calles de la ciudad. La tenue luz de los faroles iluminaba los adoquines mojados y los tacones de las chicas resonaban al compás. Por varios minutos deambularon el silencio, las personas que transitaban por ahí las observaban como si fuesen fantasmas; estaban ahí, pero ellos deseaban que no existiesen.
-Todos los hombres son iguales, no puedes esperar nada de ellos- le repitió la extraña. – Sólo piensan en una cosa, y cuando la tienen – hizo una pausa mientras encendía un cigarrillo- ¡pff, se van!
Las náuseas la invadieron al escucharla. Su garganta se cerró, sabía que era cierto.
- ¡Pero no te preocupes! Hay suficientes hombres en el mundo y nunca estarás sola – continuó tratando de reconfortarla. – No tienes que preocuparte por quién te mantendrá, eres guapa, los hombres mueren por alguien como tú. Un poco de esto, un poco de aquello y los tendrás a todos a tus pies, lo sabes.
No sabía qué responderle, forzó una sonrisa y le quitó el cigarrillo para robarle un toque.
Una cajetilla pasó hasta que llegaron a un edificio algo desgastado, donde muchas mujeres posaban frente a la entrada. Algunas saludaron con una sonrisa, otras atacaban con la mirada. Entraron y la gente rebosaba. Muchos hombres disfrutaban la noche, ni siquiera se percataron de su presencia. Subieron tres pisos por las escaleras del fondo, topándose con varias parejas que estaban a punto de darse lo especial.
Entraron a una habitación bastante chica, donde las sábanas de la cama se encontraban revueltas y la lencería estaba esparcida por el lugar. Abrió el cajón del tocador y sacó un último cigarrillo. Comenzó a desvestirse, dejando todo donde cayera. Primero el vestido, después las medias… Se quedó frente al espejo, casi desnuda y se miró. Estaba sola, como siempre lo había estado. Posó su mano delicada sobre su vientre y notó que había crecido. Las náuseas regresaron. Por más que había tratado de convencerse que todo estaría bien, jamás lo estaría. ¿Quién querría a alguien como ella? ¿Quién querría a alguien tan manchada y usada como ella? Estaba sola en su habitación, estaba sola en el mundo, estaba sola en la vida… Bueno, ya no más.

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