Mariano Torres


A la tercera vez que cantó el gallo, decidió levantarse. Un sol abrasador entraba por una rendija abierta en el muro de adobes. Pensó que debía ser muy tarde, pero no escuchaba ningún ruido. Ya habían pasado tres días desde que los del gobierno casi los aniquilaron por completo. Únicamente el Cacharpo Torres salvó el pescuezo junto con algunos de sus hombres.
Armando Zavala, salió el jacal en el que durmió rodeado de tierra y estiércol. Afuera únicamente se observaban las cenizas de una fogata que se había extinguido durante la noche y el fastidioso gallo. Deslumbrado por un sol de media mañana fue reconociendo el ambiente. Tropezó con una botella, la olió. En su momento contuvo pulque, que era lo que bebían los revolucionarios. Junto a la botella, llamó su atención un papel: «Nos fuimos a Tuétano». Firmado: «Mariano». En ese momento recordó todo, se ciñó su cartuchera, empuñó el rifle, calzó los guaraches y colocó el sombrero. Se puso en camino a Tuétano por el camino de Piedras Rojas.
Conocía aquella zona como la palma de su mano. Veintitrés años llevaba moviéndose bajo el sol. Su piel quemada –característica de la gente de la Sierra Caliente– era dura como las piedras que rodeaban el camino. Su paso era ligero, sus pies contactaban poco con el suelo, así no se le calentaban las gastadas suelas. Miraba al horizonte. El sendero sinuoso iba en un constante ascenso. Después de una hora sudando, llegó a El Portón. Así llamaban a los dos grandes monolitos que flanqueaban el camino al llegar a la cima del Cerro Cimarrón –decían que se parecía a ese animal–.
Empezó a descender. Por la pendiente, empezó a correr. En un recodo dio vuelta a la derecha, casi derrapando. Poco después, divisó la torre de la Iglesia de San Ignacio de Tuétano, la única del pueblo. Era blanca, sin originalidad alguna. Sin embargo, sus habitantes estaban muy orgullosos de ella o al menos de su pasada gloria. Alguna vez estuvo regentada por jesuitas y toda tapizada de la plata que se daba en las minas cercanas.
Ya era pasado el mediodía. Entrando por la calle principal, caminó esquivando un carro hasta la Plaza de Armas. Tocó en la casa más grande del pueblo, la del gran reloj en la fachada. El mozo Alonso abrió y le dijo que lo esperaba el patrón. Mariano era un hombre impredecible y sumamente caprichoso, ¿con qué saldría ahora? Por el calor no había podido pensar. Ahora, a la sombra de los soportales y rumor de una fuente, empezó a desarrollar sus hipótesis. Llevaba tres años con los revolucionarios en aquel pueblo perdido. Recordó cuando Juan Paloma perdió un mosquete y Mariano lo ejecutó ejemplarmente; el ascenso inexplicable de Artemio Fuentes a ser su mano derecha en solamente dos meses; el viaje de un mes que hizo a Juchila y Arroyo sin avisarle a nadie a mitad de septiembre; y la vez que mandó a Rafael López a contar todas las cazuelas del pueblo. Todos temían ser requeridos por el jefe en la casa el Reloj.
Trató de analizar la situación. Hacía tres días se habían enfrentado los revolucionarios de Recodo, Xalpa y Tuétano al comandante Horacio Barrera de las fuerzas del gobierno. Tras múltiples discusiones del consejo revolucionario, formado por lo líderes y sus vices, Adalberto Parral los había organizado poniendo al frente la infantería y los pocos caballos de Tuétano. La retaguardia estaba cubierta por el piquete de infantería de Xalpa y sus diez cañones y el flanco resguardado por Adalberto y sus hombres. Por alguna razón, el enemigo supo la táctica y decidió atacar desde arriba del cerro masacrando a las fuerzas xalpenses y mermando de forma brutal a Adalberto. Los demás habían sido tomados prisioneros. Mariano, al darse cuenta del estado de la lucha tomó la decisión de recular. No se salvó de recibir bajas, pero sí de la aniquilación. Nadie entendió tal masacre: la estrategia de Adalberto era buena y Horacio no tan inteligente.

Al fin fue recibido. Se abrió la puerta. Armando Zavala entró y, para su sorpresa, vio algo que hizo que todo al fin se explicara. Mariano se encontraba atado y amordazado en una esquina, custodiado por dos guardias. En su lugar: Artemio Fuentes. Por eso lo abandonaron a él, el más fiel. ¡Con razón aquel extraño mensaje! ¡Él los vendió a Horacio! Lo último que escuchó fue: «¡Amárrenlo!». Vio cuatro hombres lanzarse sobre él y antes de perder el conocimiento por el mazazo oyó: «Tuétano es nuestro, ¡viva!».

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