La Unión


Allá afuera, escondido a plena vista en un rincón; en una polvorosa y callada esquina de una gran ciudad, se encontraba Ana. Era una flamante mujer de apenas 32 años. Su color favorito era el turquesa y comida la italiana. Acababa de estacionar su recién comprada nave en la lanzadera enfrente del Bar Melbourne, un viejo garito regentado por un tal Ryan. Todo eso era irrelevante, lo importante se encontraba en sus pensamientos, muy oscuros para su corta vida, pero sobre todo, faltos de culpa.
Al fondo se escuchaba la cacofonía de los cláxones que siempre musicalizaban la ciudad a las ocho de la noche, hora en que concluía la jornada laboral de doce horas. A Ana le llegó un olor de pan recién horneado.
–¡Qué raro! –pensó. –¿Quién hornea pan por la mañana?
En ese momento se le unió Marcus, su «amigo especial» (novio para que se entienda). Habían quedado para tomar una copa en aquel bar retro. A Ana no le gustaba que pasaran por ella. Odiaba la impuntualidad y al ir sola lograba su propósito y mantenía su independencia. Entraron por la puerta metálica que tenía que ser movida entre dos personas. Dentro, la atmósfera era cerrada. Todo estaba iluminado por reflectores azul neón que teñían el aire lleno del humo del hielo seco. Así se conseguía dar privacidad a las mesas que estaban sumamente juntas.
Marcus era un tipo normal. Usaba chamarra de cuero negra con mezclilla negra. No era muy amigo de las sonrisas y se dedicaba a la exploración espacial. Recientemente, acababa de regresar de una expedición en un planeta llamado Sutur 17.
Pidieron dos cervezas artesanales. Al cabo de hora y media, Ana se dio cuenta de que algo raro sucedía, por mucho que tomaran, éstas no se terminaban. No le dio importancia y siguió disfrutando el momento. De repente, un ser extraño de la mesa de al lado, se dio la vuelta y les dirigió la palabra. Les empezó diciendo, con un tono que exageraba las erres, que los había seguido por un tiempo, que sabía de las habilidades de liderazgo y pilotaje de los dos y que les tenía un trabajo. Ana y Marcus no salían de su perplejidad por aquellas palabras. Sin embargo, lo que más les sorprendía era el rostro de ese ser. Daba miedo como ninguno y bajo la tenue luz solo se distinguía un largo pico. Parecía salido del séptimo círculo del infierno.
A medida que la conversación avanzaba, Ana se fijaba en más detalles del curioso personaje. Iba vestido con una chaqueta que le llegaba hasta los tobillos y llevaba una corbata negra que le quedaba corta. Poco a poco se iban interesando. Escuchaban en silencio, absortos, con los ojos muy abiertos y la boca a medio cerrar. Por último, pronunció: «únanse a la rebelión», «únete», «únansenos».
Sin pensarlo mucho aceptaron y sus manos biónicas se apretaron.
–Me pueden llamar Zeta– refirió el oscuro personaje mientras miraba fijamente a la piloto.
A Ana se le heló el alma, la mirada penetró hasta lo más profundo de sus entrañas y le infundió un pavor irracional. La mirada se prolongó por demasiado tiempo. Le incomodaba profundamente. No estaba segura de estar haciendo lo correcto.
Un sudor frío salía de sus palmas y de su frente. Sentía el corazón palpitar muy aceleradamente y le empezaron a temblar las piernas. Tenía que escapar de ahí. Un sexto sentido le decía que su vida corría peligro. Se levantó lentamente al baño, casi sin hacer ruido y de forma algo torpe. Caminó dos pasos. El baño estaba ya cerca. Ya casi iba a llegar. Le estaba faltando el aire y, aunque cada vez respiraba más rápido, sentía que se ahogaba. De pronto vio todo negro, pero no sintió su cuerpo golpear contra el piso.
Apareció de pronto en una cama, en un cuarto iluminado por la luz que entraba por la ranura de la persiana. Estaba sonando un despertador. ¿10 de noviembre de 2019? ¿Todo había sido un sueño? ¡Gracias a Dios! Su corazón seguía funcionando velozmente. Sonrió de forma tranquila con una gran sensación de alivio. Todo iba bien hasta que volteó a su derecha. Escrito en la pared con pintura roja leyó en mayúsculas: ETENÚ. Volteó al espejo de la izquierda y leyó: ÚNETE. Abajo en pequeño, como si fuera una firma: «Zeta». Gritó y se desvaneció.

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