Reencuentro


Llegué a aquella cafetería vieja donde solíamos reunirnos; el olor a café recién tostado impregnaba el lugar. Dejé mi mochila al lado del sillón donde me senté y saqué un desgastado periódico del bolsillo lateral. Miré la primera plana sin prestar mucha atención, nada nuevo, siempre malas noticias. Lo puse boca abajo sobre la mesilla que estaba enfrente y me decidí a esperar a que ella apareciera, mientras pedí dos cafés. No tardó mucho en llegar, la puntualidad la caracterizaba. Se sentó frente a mí y nos quedamos unos minutos en silencio, como reconociéndonos mutuamente.
- ¿Cómo has estado? - pregunté.
- Pues, ¿qué te digo? – respondió tranquila.
- ¿Has estado muy ocupada?
-Algo, he hecho un poco de esto, un poco de aquello…
El mesero dejó las tazas sobre la mesa y se retiró sigiloso. Sonia me miraba tiernamente, como lo había hecho antes de irse hace unos años. Habíamos perdido contacto, algo extraño le había sucedido a su celular y las llamadas no le entraban, pero después de tanta espera logré contactarla por el amigo de un amigo. Finalmente la había vuelto a ver.
- ¿Y te gusta allá? – pregunté mientras le daba un sorbo a la cálida bebida.
- Preferiría no hablar de eso, sabes que no fue mi decisión. – Hizo una leve pausa, notó que estaba tan incómodo como ella. – Pero sí, es bastante… lindo.
Aunque se veía igual que el día de su partida, parecía que hablaba con alguien distinto. Incluso hubiera jurado que traía el mismo suéter azul que le regalé justo antes de que se subiera al avión.
-Soy la misma, Luca – dijo como si hubiera leído mi mente.
Efectivamente, era la misma, pero algo parecía haber cambiado; no era su rubio cabello corto, ni su manera cursi de vestir. Estaba conmigo, pero a la vez no estaba presente.
Su café ya frío permanecía en la mesa, ni siquiera lo había tocado.
- ¿Esta vez te quedarás? Te he extrañado mucho y…
- Sabes que no puedo – me interrumpió.
- ¿Por qué no? ¡Si ya estás aquí!
Su mirada cambió, ya no era aquella mirada tierna que solía amar, ahora mostraba dolor; la luz que irradiaba se había extinguido.
- Me tengo que ir… Cuídate mucho, Luca – me dio un efímero abrazo, tan volátil, tan desgarrador. – Prométeme que no me volverás a buscar.
Esa fue la última vez que la vi. Se marchó sin decir ni una palabra más. Pagué mi cuenta, tomé mi mochila y salí de aquel lugar que había quedado gélido sin su presencia. No me había alejado mucho cuando escuché que alguien me llamaba. El mesero me estaba persiguiendo y balbuceando cosas mientras agitaba algo grisáceo en el aire.  
- ¡Olvidó esto! – jadeó.
Cuando por fin me alcanzó, me entregó el periódico que había dejado en la mesa. Leí el titular y una bola de fuego estalló en mi garganta.
Terrible accidente, avión se desploma: mueren 53.
 Si hubiera cambiado de opinión, si se hubiera retrasado unos simples minutos, si hubiera… 
Guardé el periódico en mi mochila, tomé un respiro y seguí mi camino, justo como lo había hecho estos últimos años desde aquel suceso.

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